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Columna

Ante tanto dolor e impotencia

“Y cuánta conversión no estamos necesitando en este país que pide mantener la esperanza en el triunfo...”.

Ignacio Madera Vargas

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Me uno a la angustia, incertidumbre e impotencia que viven los campesinos y hermanos empobrecidos del sur de Bolívar por el recrudecimiento de las confrontaciones entre los sectores en guerra que parecieran haberse olvidado de todos los compromisos de respeto a los derechos humanos y a la vida, que los organismos nacionales e internacionales, con palabras que se lleva el viento, siguen reclamando. Una vez más, un clamor sin oyentes.

El Jesús de la historia pasó haciendo el bien, predicando la conversión que la presencia del Reino de Dios exigía. Y cuánta conversión no estamos necesitando en este país que pide mantener la esperanza en el triunfo de la paz sobre la violencia, de la capacidad de dialogar y concertar por encima de las diatribas y radicalizaciones que impiden la sensata urgencia de no seguirnos matando en unos niveles que desdicen de la condición humana que proclamamos desde la fe en el Cristo que venció la muerte: somos hermanos y hermanas, hijos en el Hijo de un mismo Padre, habitados por el Espíritu Santo y llamados a ser capaces de vivir en el amor, porque solo quien ama ha conocido a Dios, porque Dios es amor. No es posible cansarse de repetirlo.

Cuando nuestros hermanos campesinos sufren, no son unas personas que viven lejos de la capital y no interesan a los citadinos, sino que son sangre de la misma sangre mestiza, negra, india y blanca. Y estamos ante la vergonzosa realidad de hermanos que matan a sus hermanos y persiguen, aterrorizan y desalojan de sus parcelas, de sus ranchos y de sus pequeñas pertenencias a hombres y mujeres buenos, sinceros, laboriosos y creyentes a quienes pareciera que solo les queda Dios para preservarles del maligno; que no es un ser escondido generando maldad, sino el sistema de injusticias milenarias que hemos venido sosteniendo y manteniendo en el poder.

Los campesinos de Colombia son gente de fe, esperan en Dios; pero Dios ha dejado en nuestras manos, en nuestras conciencias y en nuestra humanidad desgastada, la posibilidad de seguir propendiendo por la paz y por la esperanza que se nos piden construir con urgencia. Dejarse de tanta discusión insulsa para ir a lo fundamental de las soluciones que todos sabemos no se darán mientras no se realice el derecho que el papa Francisco con claridad señaló en el encuentro con los movimientos sociales en Bolivia: a techo, tierra y trabajo.

Lo irónico de todo esto es que los dueños de la guerra y sus hijos no están en el círculo de fuego, son campesinos hermanos. Y por ello, viene a mi recuerdo la llamada de San Oscar Arnulfo Romero a los dirigentes de la guerra: “En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cese la represión!” (24 de marzo 2022).

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