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Columna

“Jaime Garzón: Un legado inolvidable”

“Esa mezcla de ironía desarmaba a sus oyentes, y al mismo tiempo, dejaba expuesta la corrupción, la doble moral y la injusticia que otros preferían silenciar. A través de sus personajes, entrevistas y comentarios...”.

Juan Diego Rozo Ávila

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El 13 de agosto de 1999, hace 26 años exactamente, Colombia perdía a una de sus voces más valientes e inteligentes. Su asesinato fue un vil acto de cobardía, el cual buscaba silenciar a un hombre que se atrevía a decirles las verdades sin rodeos a los “poderosos” de este país. Garzón fue un hombre que no usaba discursos grandilocuentes ni arengas incendiarias; su arma era el humor. Recuerdo especialmente una conferencia de Jaime en Cali, frente a un auditorio repleto, y entre risas se atrevió a decir que “en este país lo único que funciona son los corruptos… y hasta ellos, a medias”. Esa mezcla de ironía desarmaba a sus oyentes, y al mismo tiempo, dejaba expuesta la corrupción, la doble moral y la injusticia que otros preferían silenciar. A través de sus personajes, entrevistas y comentarios, logró conectar con un pueblo colombiano que lo necesitaba; porque Garzón no solo hablaba: interpretaba el sentir de un país entero.

Conozco el legado de Jaime desde que era pequeño y siempre he tenido muy presente que su mayor virtud era decir lo que muchos pensaban, pero no se atrevían a pronunciar. Garzón habló en nombre de los que no podían alzar su voz. Con humor afiliado y sin concesiones, consiguió poner en evidencia la corrupción, la injusticia, la violencia y la hipocresía: un cáncer que sigue afectando a Colombia. Esa valentía para hablar sin miedo es, para mí, lo más admirable. No solo lo convirtió en un referente en su tiempo, sino que lo mantiene vigente más de dos décadas después de su partida.

Cada generación encuentra su ideología y sus voces de referencia, pero destaco a los jóvenes que siguen la voz y el mensaje de Jaime, aunque ya no trasciende mucho, pensemos que la risa de Jaime, no solo era humor, era una declaración de resistencia; escuchar a Garzón, era sentirse acompañado en las desgracias de nuestro país; un caos total. Era como si alguien pusiera en palabras lo que cientos de colombianos teníamos atorado en la garganta. Garzón tenía una capacidad única de incomodar sin herir; invitaba la reflexión y al cuestionamiento de nuestro país, pero sin dejar de arrancar una sonrisa. Garzón lo decía él mismo: para entender el humor hay que estar bien informados sobre el país.

Desgraciadamente, Garzón ya no está con nosotros, siento que, si él viviera, tendría un buen cuestionamiento sobre la Colombia actual. Ya no está esa persona, que, a pesar de

este caos de país, nos hacía reír; su legado, sus mensajes, todo lo que nos dejó son un recordatorio de que no se trata solo de reír: se trata de no callar. Jóvenes, por favor, no dejemos morir ese mensaje que siempre nos quiso dejar Jaime: “Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvarlo. ¡Nadie! Ese llamado sigue vigente, y la historia nos está mirando para ver si tenemos el valor de responder.

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