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Columna

Por la universidad

“La investigación que necesita el país debe conectarse con territorios diversos y comunidades plurales...”.

PABLO ABITBOL PIÑEIRO

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La universidad es el lugar en el que una sociedad aprende a pensar mejor sobre sí misma. No existe solo para formar profesionales exitosos, sino también para crear y difundir conocimiento, abrir espacios de deliberación colectiva y educar personas capaces de participar responsablemente en la vida pública. Cuando la conversación ciudadana se distorsiona –cada vez más desinformación y menos aprecio por el conocimiento y la razón – se erosionan la democracia, el progreso económico y el desarrollo humano.

Ese horizonte de sentido no se desvanece únicamente cuando la universidad se ve debilitada y amedrentada desde extremos ideológicos que llegan al poder, o cuando es capturada por intereses políticos o corporativos. Cuando la academia se subordina a la lógica del mercado, a rankings e indicadores estandarizados, la excelencia se confunde con el conteo de productos.

La reestructuración de la universidad desde una visión empresarial agrava el problema: centraliza la evaluación e impone mediciones uniformes que desconocen la diversidad disciplinar. Así, se crean barreras internas para crear investigación de calidad, se deterioran las condiciones para mantener o incrementar el nivel de los cursos, y se desdibuja el reconocimiento de méritos académicos y pedagógicos. Además, se acentúan las desigualdades económicas y decisorias entre las directivas y cuerpo profesoral, difíciles de justificar en una comunidad de colegas.

La investigación que necesita el país debe conectarse con territorios diversos y comunidades plurales; requiere tiempo para escuchar, construir confianza y sostener diálogos de saberes. Así mismo, ciertos cursos especializados exigen tiempo de preparación y de reflexión conjunta con los estudiantes sobre problemas difíciles. Cuando se sobrecarga al profesorado con exceso de horas de docencia y metas anuales de producción, sin considerar las particularidades disciplinares, se reduce el espacio real para enseñar bien, investigar con profundidad y deliberar en comunidad. El resultado es menos tiempo para pensar, menos discusión entre colegas, fatiga y frustración.

Podemos reorientar la universidad con una gobernanza deliberativa y transparente, criterios diferenciados por disciplina, asignación justa de tiempos para docencia e investigación, y evaluación por pares que reconozca trayectorias de mediano y largo plazo. La universidad no puede limitarse a adaptarse al contexto, debe contribuir a transformarlo desde la razón, la democracia y el humanismo.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor de la Escuela de Negocios, Leyes y Sociedad, UTB.

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