Seamos honestos: ser de izquierda en un país capitalista es muy fácil. No hay que madrugar, no hay que hacer filas para encontrar comida, se pueden comprar medicamentos, el transporte es ilimitado y podemos expresarnos libremente. Basta con tener wifi, redes sociales y ganas de quejarse… Con eso ya se tienen las herramientas para “luchar contra el sistema” sentado en un cómodo sofá.
El asunto funciona así. El mismo capitalismo entrega las herramientas para poder criticarlo. Vende el celular con que se publican memes contra los empresarios que los distribuyen, les da la app con la que se organizan las marchas y ofrece las camisetas para estampar las jergas revolucionarias. Todo desde el placer del anonimato.
Los socialistas, en su cómoda postura revolucionaria, hablan de repartir riqueza, mientras los que llegan al gobierno roban y comisionan sin piedad. No se les ocurre montar fundaciones, ni regalar casas. Nadie quiere quedarse a administrar presupuestos, arreglar huecos, mantener hospitales o explicar por qué no alcanza la plata; soñar es gratis, pero gobernar requiere preparación y un trabajo que no les gusta mucho a los comunistas y socialistas acostumbrados a los subsidios y los regalos. La solución nunca es el empleo sino lo auxilios o la subvención. Por eso el comunista versión capitalista puede dedicarse a las consignas épicas y a las marchas, mientras el mercado se encarga de que no le falte el pan, el arroz, el café y, lo más importante… el internet. Hablar de carencias mientras se protesta usando tenis carísimos, criticar la riqueza en carro y enfrentarse al mundo al tiempo que protegen los hijos en ciudades europeas es la versión ideal del izquierdoso y su sueño hecho realidad.

El desafío de la Inteligencia Artificial
Eduardo Durán GómezObviamente la desigualdad molesta, la corrupción cansa, la pobreza duele. Eso es verdad; el problema es cuando la rabia y el pensamiento se vuelven postureo: criticar por criticar, el resentimiento nubla, la envidia hiere y no se propone nada concreto soluciones a largo plazo.
Al final, el error está en creer que todo es blanco y negro: capitalismo salvaje o comunismo duro y puro. La vida real es más gris. Un poquito de mercado, un poco de Estado fuerte y protector, reglas claras, impuestos bien usados y menos discursos en tarima o manifestaciones callejeras. Menos peleas ideológicas y más “camello”.
Al final, ser de izquierda en un país capitalista y lleno de confort es fácil porque no exige renunciar a las comodidades del sistema que se critica. Es una rebeldía sin sacrificios. Una protesta apoyada en la tecnología (celular, computadores) creada en las naciones avanzadas que no requieren ensuciarse las manos. Jóvenes que enjuician el progreso económico, pero sueñan con un trabajo en el Estado con alta remuneración.
Juzgar dañinamente el sistema capitalista es válido si se hace bien; con propuestas, sustentadas y pagando la cuenta del café. Porque la verdadera revolución empieza cuando dejamos de tuitear y empezamos a trabajar.