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Columna

El mejor oficio del mundo necesita mejores audiencias

“Cada vez que un usuario comparte sin leer o premia el morbo de una cuenta anónima, está votando en contra del periodismo que dice extrañar…”.

Javier Ramos Zambrano

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Este 9 de febrero, que se celebra el Día del Periodista, algunos se preguntarán: “¿Para qué sirve hoy el periodismo cuando cualquiera puede ‘informar’ desde un celular? ¿Por qué debe seguir vivo si la audiencia parece preferir el grito viral al dato verificado?”.

Para responder vale volver a Gabriel García Márquez, quien dijo que el periodismo es “el mejor oficio del mundo” porque estaba convencido de que pocas profesiones exigen un contacto tan directo con la vida. Para él, el periodismo es una “pasión insaciable” que se alimenta de la realidad y que solo tiene sentido cuando se ejerce con un rigor que la grabadora (hoy, la IA generativa, que no hace reportería) “que oye, pero no escucha” nunca podrá reemplazar.

Ese compromiso se vuelve urgente cuando la información compite con el entretenimiento y la desinformación. Es cierto que el consumo de noticias se ha desplazado masivamente a redes sociales, pero la paradoja es que, mientras más se informan por redes, más crece la desconfianza. Los usuarios admiten que les cuesta distinguir lo verdadero de lo falso en un ecosistema dominado por algoritmos.

Por lo anterior, es lamentable llamar “periodista” a todo el que tiene audiencia. Ryszard Kapuściński advertía sobre la aparición del media worker (trabajador de los medios), alguien que cumple horarios y maneja herramientas tecnológicas, pero que no se identifica con la profesión como una forma de vida ni se hace preguntas éticas. Un creador de contenido que publica sin contrastar no es periodista. El periodismo no se define por el número de seguidores, sino por el contraste de fuentes y la verificación.

Este 9 de febrero no basta con pedir mejores periodistas, hay que exigir también mejores audiencias. La desinformación es un negocio que se nutre del clic impulsivo y de emociones como el miedo o la indignación. Cada vez que un usuario comparte sin leer o premia el morbo de una cuenta anónima, está votando en contra del periodismo que dice extrañar. Las audiencias deben asumir que su libertad depende de un consumo informativo saludable, que valore el trabajo riguroso frente a la chatarra informativa de las redes.

Javier Darío Restrepo insistía en que la credibilidad es la única moneda de cambio real: “La ética vende” porque es lo que genera una clientela fiel.

Sí, del lado del periodismo, hay que seguir contando el país con rigor; pero del lado de la audiencia, es necesario dejar de llamar periodista a cualquiera y exigir información que respete su inteligencia.

*Director del área de Medios y Marketing y del programa de Comunicación Social de la Escuela de Transformación Digital, UTB.

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