Las personas solemos estar en continua toma de decisiones: a cada segundo decidimos los pasos de nuestra vida. Algunas decisiones son más trascendentales y otras más pasajeras. Las trascendentales terminan reflejándose en las que tomamos a cada instante, si las hemos asumido a conciencia. A veces podemos vivir en piloto automático y no nos tomamos el tiempo para meditar cuáles son esas decisiones trascendentales que gobiernan nuestras vidas; y así vamos sin rumbo claro y teniendo más tropiezos, porque no caemos en cuenta de las malas decisiones, sino cuando estamos pagando sus consecuencias.
La sabiduría que Dios inculcó en nuestros corazones y con la que nos alimenta mediante sus enseñanzas, a veces no es fácil seguirla cuando la dejamos como algo externo a nosotros y no la hemos meditado, discernido, aceptado y convertido en guía para nuestras vidas. Esto exige una evaluación permanente: si estamos o no actuando coherentemente con ella, o si nos estamos desviando, llevados por las corrientes del mundo, los engaños del maligno o nuestra propia concupiscencia.
En las lecturas de hoy, Jesús nos recuerda que los mandamientos de la Ley de Dios constituyen una hoja de ruta que nos ayuda a desarrollarnos como personas, en comunión de amor con Él y con las personas con las cuales nos relacionamos; pero son leyes que necesitamos vivir desde la mente y el corazón, para que realmente nos guíen por el amor verdadero. No se trata solo de cumplir mandatos externos, sino de comprender que cada uno de ellos encierra la sabiduría de Dios, que quiere que, desde el fondo del alma, vivamos en el bien, la verdad y el amor.
Jesús encontró una realidad distinta: la gente se sabía de memoria los preceptos; sin embargo, sus corazones estaban alejados de ellos, porque no vivían la comunión de amor con Él, ni la solidaridad y el amor con los demás. Se quedaban con lo superficial y se perdían de la esencia.
Nos puede estar pasando lo mismo en pleno siglo XXI. Las modas, la fama, la búsqueda de placer o poder pueden desviarnos del camino de construir una civilización de amor que parta desde nuestro corazón, abriéndonos al amor de Dios y a sus leyes, y transformándonos en vehículos de ese amor hacia los demás.
¡Cuánto necesitamos impregnarnos de ese amor y seguir sus leyes para construir la felicidad personal y colectiva! Nos dice hoy la Palabra: “Dichoso el que camina en la ley del Señor...”; “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman...”; “No vine a abolir la Ley, sino a darle plenitud”; “Ante los hombres están la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera...”; “Enséñame a cumplir tu ley y a guardarla de todo corazón”.*
*Eclesiastés 15, 15-20; Salmo 118; Mateo 5, 17-37.
**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.
