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Columna

La pereza

“Los pacientes experimentan cansancio persistente, por lo que enfrentan la incomprensión: se les acusa de holgazanes...”.

Christian Ayola

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En el borde del firmamento, con la complicidad de Nictus (noche), dos figuras yacen, son: Éter y Gea procreando a Ergia, diosa griega del reposo, la inactividad y la calma, posteriormente elevada a representar la pereza, la socordia, la ignavia, la ociosidad y la indolencia. En el imaginario cristiano la pereza ocupa un lugar destacado entre los siete pecados capitales, asociada con la negligencia espiritual. Dice un refrán: “La pereza es la madre de todos los vicios”. Les Luthiers agregan: como toda madre, hay que respetarla.

En “El derecho a la pereza”, Paul Lafargue evoca el “sueño de la abundancia y el goce, de la liberación de la esclavitud del trabajo”, empleando la paradoja como figura retórica para seducir con la doctrina marxista a la clase obrera de su tiempo. Escrito como una refutación a “El derecho al trabajo” (Louis Blanc, 1848), Lafargue defiende que el trabajo es el resultado de una imposición del capitalismo, y lo contrapone a los derechos de la pereza, más acordes con los instintos de la naturaleza humana, con los que se alcanzarían los derechos al bienestar y la culminación de la revolución social. Lafargue propone reducir las jornadas laborales a 3 horas como máximo y mejorar el poder adquisitivo de la clase trabajadora.

Tal vez en todos los ámbitos encontraremos gente perezosa, pero cuando pasa a constituir un síntoma, los médicos debemos alertarnos, dejar a un lado el juicio moral y reemplazarlo por un sano juicio clínico. Desde la anemia, hasta ciertas formas de cáncer, tropezamos con entidades patológicas que pueden disminuir la disposición anímica y conducir a la falta de energía; la depresión no diagnosticada es muchas veces confundida con pereza; pero también otras como: el Síndrome de BurnOut o síndrome del hombre quemado, aunque todavía sin reconocimiento en los manuales internacionales de clasificación de enfermedades, clínicamente se advierte y es innegable.

Recientemente, en la zona insular de Cartagena de Indias, se vienen presentando casos, sin diagnóstico serológico de contagio al virus de Oropuche, transmitido por el jején, que produce la “fiebre de la pereza”, caracterizada por: cefalea intensa persistente, febrículas, dolores musculares, articulares y malestar general; puede dejar como secuelas: sensación de fatiga prolongada, neuropatías y cierta vulnerabilidad emocional. Los pacientes experimentan cansancio persistente, por lo que enfrentan la incomprensión: se les acusa de holgazanes o de exagerar, cuando en realidad atraviesan un proceso biológico que requiere diagnóstico, reposo y seguimiento. El virus tiene dos ciclos: la primera infección dura de tres a cuatro semanas; después, el agente infeccioso se refugia en aéreas del cuerpo con respuesta inmune limitada, como: ojos, cerebro, médula espinal o genitales, desde allí se replica, generando el segundo ciclo que puede durar hasta 4 semanas más.

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