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Columna

Seguridad energética, el escudo para no importar una crisis ajena

“En nuestra región, el gas natural ha dejado de ser un simple energético para convertirse en una fuente de energía diseñada para impulsar el desarrollo de quienes más lo necesitan”.

Luz Stella Murgas

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Por: Luz Stella Murgas, presidenta de Naturgas

A 12.000 kilómetros de nuestras costas, el estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del gas natural licuado del mundo, enfrenta bloqueos que han vuelto a sacudir la economía global.

Mientras los mercados internacionales reaccionan con nerviosismo y los precios se hacen más volátiles, en los hogares de América Latina la preocupación no es geopolítica, sino profundamente humana. Se vive en la cocina, en el transporte, en el pequeño negocio, en la economía del hogar.

En nuestra región, el gas natural ha dejado de ser un simple energético para convertirse en una fuente de energía diseñada para impulsar el desarrollo de quienes más lo necesitan. Por eso la transición energética no puede seguir discutiéndose únicamente desde los escritorios. Tiene que pensarse desde la vida cotidiana de millones de familias, especialmente de aquellas que más dependen de una energía asequible, confiable y limpia para salir adelante.

Colombia no es ajena a esta tensión, porque hoy las cifras muestran un panorama que obliga a mirar el tema con más pragmatismo. Desde la industria del gas natural, se destaca el valor estratégico de contar con una canasta de suministro diversificada. Si bien la producción local es la base de nuestra estabilidad, las inversiones en plantas de regasificación y la infraestructura de importación son activos críticos que brindan flexibilidad al sistema.

No obstante, basta recordar que el conflicto Rusia-Ucrania disparó los precios entre 12 USD a picos de 100 USD por millón de BTU, o cómo las recientes tensiones en Oriente Medio provocaron saltos del 50% en un solo día. Mantener un equilibrio que priorice la autosuficiencia es vital para proteger a los usuarios y la competitividad de los sectores económicos de las fluctuaciones de mercados internacionales.

Colombia no es ajena a esta tensión y el pragmatismo debe primar. Si bien la producción local es nuestra ancla de estabilidad, la infraestructura de importación es el salvavidas que otorga flexibilidad al sistema. No obstante, la volatilidad externa es una amenaza real. Mantener un equilibrio que priorice la autosuficiencia no es solo un objetivo técnico; es la única forma de proteger el bolsillo de los colombianos y la competitividad de nuestra industria frente a los vaivenes de un mercado global impredecible.

Es aquí donde aparece una verdad incómoda que la región no puede seguir aplazando. La seguridad energética no es una consigna técnica, ni una bandera ideológica. Es una condición básica para el bienestar humano y para que la transición sea viable y, sobre todo, justa.

Organismos como OLADE y ARPEL han insistido en que la soberanía energética es un pilar esencial para construir sistemas más resilientes.

Tan solo en América Latina, donde el 34% de los hogares todavía dependen de la leña o el carbón, hablar de acceso a fuentes más limpias no es un debate abstracto, es hablar de mejor salud, mejor uso del tiempo en el hogar y de calidad de vida. Para una familia, contar con gas natural puede significar dejar atrás una cocina contaminada por el humo, reducir riesgos en el hogar y disponer de más tiempo para otras tareas. Para un trabajador, puede representar un alivio tangible en sus costos diarios al conducir. Para una ciudad, puede ser parte de una mejor ecuación entre desarrollo, movilidad y calidad del aire.

Insistir en que el gas natural es un energético de transición se queda corto. Porque en América Latina, y particularmente en Colombia, también es una palanca para cerrar brechas de desigualdad. En movilidad, por ejemplo, un taxista puede ahorrar hasta US$405 al mes al pasar su vehículo a gas natural. No es una cifra menor. Es ingreso disponible que puede terminar en alimentación, educación o salud.

En el sector gastronómico y en los pequeños negocios de comida, este servicio también marca una diferencia real al reducir los costos operativos hasta en un 47%, protege empleos y da un mejor margen de crecimiento a muchos emprendimientos que sostienen la economía popular en barrios y municipios del país. En las ciudades, el uso de gas natural vehicular permite reducir cerca de un 99% las emisiones de material particulado fino. Es decir, no solo ayuda al bolsillo, también contribuye a algo tan básico como respirar un aire más limpio.

En un 2026 marcado por la incertidumbre global, Colombia necesita fortalecer su producción local, habilitar todas las fuentes de suministro externas y consolidar su infraestructura para garantizar el suministro y competitividad. La seguridad energética significa brindar acceso, estabilidad y confiabilidad. En el fondo, no solo se trata de moléculas, mercados o contratos, sino de bienestar y desarrollo. Esta conversación es uno de los ejes del Congreso Naturgas 2026, un espacio necesario para poner sobre la mesa, con más franqueza que retórica, donde todas las voces conversaremos sobre el rol del gas natural en el desarrollo humano, la seguridad energética y la transición.

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