1. La memoria de un proceso Eclesial
A mediados y finales de los años 70 y bajo el Cayado Pastoral de monseñor Rubén Isaza Restrepo, el Padre Obispo, la Iglesia de Cartagena vivió uno de sus momentos mas fuertes en su obra evangelizadora desde lo que el Papa Francisco hoy llama las periferias existenciales. Estaba en marcha el Concilio Vaticano II; la Conferencia de Medellín ya había recogido la voz profética de un continente y Puebla de los Ángeles nos mostraba a América Latina como el continente de la Esperanza en el que se acoge y se anuncia la Verdad sobre el hombre, la verdad sobre Jesucristo y la Verdad sobre la Iglesia teniendo una opción preferencial por los pobres y los jóvenes.
Todo este contexto hizo posible que en la Iglesia de Cartagena y en sus periferias existenciales, de ayer y de hoy, que siguen siendo las mismas, surgieran un grupo de sacerdotes y de religiosas en la zona suroriental de la ciudad quienes, articulados con laicos, movimientos eclesiales y organizaciones sociales, trabajaron pastoralmente con tres opciones muy claras: formar comunidades de vida y evangelio; estar con los pobres desde abajo y desde adentro y una opción preferencial por los jóvenes como lo pedían los documentos de la Iglesia y su orientación pastoral. Estas opciones fueron desencadenando procesos que renovaban la vida de las parroquias, despertaban vocaciones y opciones al sacerdocio y a la vida consagrada, formaban ese nuevo laicado necesario y participativo, se generó toda una cultura alrededor de la revisión de vida, se denunciaron las injusticias que se cometían y se asumió el señalamiento, la persecución, la cárcel y el destierro como consecuencias derivadas de esas opciones evangélicas. Fueron tiempos en que la Iglesia de Cartagena padeció la persecución y el encarcelamiento.
2. Un camino pastoral muy acertado
Estos procesos pastorales se desarrollaron en algunas de las parroquias que hoy forman las zonas 2 y 3 de pastoral de la Arquidiócesis y que van desde Santa Ana en Lo Amador, hasta San Martín de Porres en Fredonia. Igualmente tuvo su fuerza en la Parroquia San Jerónimo de Pasacaballos con el equipo misionero de la Bahía de Cartagena y muchas otras parroquias y municipios de la Arquidiócesis.
Fue un esfuerzo pastoral que procuró rodear la Popa para darle el abrazo de Dios y bordeó toda la Ciénaga de la Virgen en la zona sur oriental y la Bahía de Cartagena donde también estaba la Virgen. Monseñor Isaza, consciente del lugar social de la Iglesia, siempre estuvo presente para inspirar y defender esta obra de Vida y de Evangelio.
A mediados de los años 80, y en una de mis vacaciones del Seminario, mi madre me habló del Padre Aldana, sacerdote Jesuita, del Círculo de Obreros y del Dr. Raúl Paniagua, quienes estaban acompañando a los jóvenes en situación de riesgo de las faldas de la Popa para la firma de pactos de no agresión y convivencia en medio de la violencia social. Mi madre nunca lo bajo del Padre Aldana; yo siempre le dije Pacho a secas, los jóvenes le decían pachito y para la comunidad de Santa Rita, siempre fue el “padre Pachito” …así como el padre Alfredo Vargas…siempre fue el “mono Vargas”.
3. El testimonio de un apóstol de la Paz
He querido hacer todo este trasfondo pastoral porque lo considero muy necesario para comprender lo que el padre Pacho Aldana, como apóstol de la Paz, realizó en la Iglesia de Cartagena. Una pastoral para la paz de forma organizada y con objetivos y estrategias bien definidas, nació bajo el liderazgo del Padre Efraín Aldana Miranda. Creó espacios, formo gente y desencadenó procesos. Monseñor Carlos José Ruiseco valoró mucho sus iniciativas pastorales en orden a la paz y al pueblo Afrocaribe, así como su sano discernimiento sobre lo que había que hacer ante situaciones difíciles que exigían presencia y voz de la Iglesia. Escuchar a los padres jesuitas siempre ha sido de gran inspiración para la Iglesia de Cartagena desde cuando monseñor Eugenio Biffi propicio su regreso y les confió de nuevo el santuario de san Pedro Claver.
Hoy, cuando los mensajes de paz resultan bastante sospechosos y no logran mucha credibilidad, nos hace bien a todos recordar (traer de nuevo al corazón) el testimonio del padre Pacho:
• Lo primero que deberíamos resaltar de él, como sembrador de paz, es que cuando hablaba de la paz o generaba una dinámica territorial en torno a ella, no estaba pensando en una vida más tranquila y menos problemática, que discurriría por caminos de un mayor progreso y bienestar. Él fue un hombre curtido en los señalamientos, nacidos de la desconfianza. Su cruz fue serena, callada y sufrida como la cruz de los profetas.
Nada de ello le permitió perder, al padre Pacho, algo muy importante que orientó su vida de sacerdote y de jesuita: “En el origen de toda paz individual o social debe permanecer la convicción de que todos somos aceptados por Dios a pesar de nuestros errores y contradicciones, todos podemos vivir reconciliados y en amistad con él. Esto es lo primero y decisivo: Estar en paz con Dios” (Romanos 5,1). Aquí estaba su secreto para ser acogido y escuchado en la ciudad desde el “curubito” más elevado hasta la olla más temible de pandilleros en cualquier sector de Cartagena. Algo de razón tuvo un obispo, amigo del padre, cuando al entrarse de su pascua dijo: “Alma y corazón simples como el niño. De inteligencia practica en mente abierta, algo así como ecuménica. Un jesuita en su puesto justo. Siento mucho su partida.”
• En él siempre estuvo clara la espiritualidad para la paz y la confianza en la Providencia Divina. ¿Cómo conseguía los recursos para hacer todo lo que hizo? Vaya uno a saber. Pero las cosas salían y salían bien. Y cuando no le resultaban y todos nos cabreábamos, entonces le salía el teólogo Paulino que llevaba por dentro: “Fresco… como dice San Pablo: “Todo acontece para nuestro bien”. Y seguía trabajando. A ello le seguía una cascada de “Nojodas” prolongados, de cada uno, pero muy despacito.
• Lo segundo es que Pacho, con su guitarra y su pedagogía muy original, nos mostró que la paz no es solo ausencia de conflictos, sino vida más plena que nace de la confianza total en Dios y afecta al centro mismo de la persona. Es una paz que, si bien es un regalo de Dios, también es fruto de un trabajo no pequeño que tiene que prolongarse durante toda nuestra vida.
• Lo tercero es que para el padre Pacho, acoger y guardar la paz fielmente en el corazón, mantenerla en medio de los conflictos y contagiarla a los demás exigía el esfuerzo apasionante, pero no fácil, de unificar y enraizar la vida en Dios y en su pueblo. Esto era todo lo que estaba en su lucha por los Derechos humanos desde el Centro Afrocaribe y en su trabajo por la Paz desde el Programa por la paz de la Compañía de Jesús, Padres Jesuitas. También lo dejó muy explicito en el sinnúmero de columnas con que cada domingo orientaba la opinión pública de la ciudad
Qué bueno haber tenido entre nosotros un jesuita Cartagenero, justamente en la Casa de San Pedro Claver. Un jesuita que supo acoger aquel pedido de Jesús a sus primeros discípulos cuando los envió a anunciar el Evangelio y les recomendó que su primer mensaje sea ofrecer paz a todos: «Digan primero: paz a esta casa». Si la paz es acogida, se irá extendiendo por las periferias de Galilea y Cartagena. Esta paz, por la que Pacho lentamente entregó su vida, bien sabemos que no ha sido del todo acogida. Sobre este particular el Evangelio es muy claro y preciso: “Esta paz volverá al padre Pacho”, pero nunca quedará destruida en su corazón porque esa paz, a la que entregó lo mejor de sí, ha sido el mejor regalo de Dios para él.
