Si recordar es vivir y no morir jamás, Nabil nos deja recuerdos entrañables, llenos de humor, anécdotas y experiencias compartidas. Fuimos un verdadero clan de primos que creció unido, entre la casa de los abuelos y el horizonte marino como telón de fondo. Allí aprendimos a hacernos a la mar, a corretear olas y a soñar con ese mundo que nos hablaba de una tierra prometida, evocada en interminables tertulias por nuestros padres y abuelos.
La adolescencia llegó de la mano de Nabil, nuestro gigante amoroso. Íbamos al estadio a ver jugar a otro gigante, Bartolo Gaviria, y tirábamos buscapiés en el camión del Tip-Top en las Fiestas de Noviembre. En su compañía podíamos ir a matiné y descubrimos la música de Los Beatles, Santana y tantos otros que marcaron época. Y aunque no fue bailarín, insistía en enseñarnos a bailar.
Cuando terminé el bachillerato, Nabil fue mi inspiración para atreverme a estudiar en Purdue University. En mi interior me repetía: “Si Nabil lo está logrando, yo también puedo”. Seguir sus pasos cambió para siempre mi formación académica y, más adelante, mi vida profesional. Ese fue el regalo que me dejó: la certeza de que los sueños también se alcanzan cuando alguien nos abre el camino con su ejemplo.
Con el paso de los años, la vida volvió a unirnos en el ejercicio del periodismo. Desde esa vocación compartida tuvimos el privilegio de tocar muchas vidas y abrir muchas puertas, siempre cercanos a la gente, de una forma desinteresada y honesta. Nabil fue siempre conciliador y sin atropellar a nadie supo dejar huella animando a otros a creer en sí mismos.
Me cuesta decidir cuál de todos sus papeles interpretó mejor como miembro de familia; sin embargo, el tiempo para ser abuelo de Aliana y George fue insuficiente, pero el amor por ellos fue inmenso, lo decía todo en su mirada cada vez que los tenía cerca.
Fue en medio de esas miradas ingenuas que encontró en Dios la fortaleza para sobrellevar la enfermedad, valorar cada día y comprender, sereno y sin quejarse, que el camino recorrido se acercaba a su final.
Por eso, como alguna vez nos dijo, no tuvo que arrepentirse de nada. Vivió atento a la verdadera esencia de la vida: con humildad, amor al prójimo y una lealtad inquebrantable hacia su familia y sus amigos, los más queridos y unidos que jamás he conocido, y comprendió que solo el amor, la familia y la amistad importan.
Hace pocos días, su corazón grande y amoroso dejó de latir mientras escuchaba su música favorita, rodeado de amor y de una profunda paz. Se fue de la mano de Dios, encarnada en el padre John, quien llegó como un ángel en el momento perfecto. Su partida fue serena, sin angustia, un dulce tránsito hacia la vida eterna.
Descansa en paz, primo querido. Aquí en la tierra te recordaremos con mucho amor en cada gesto, en cada canción, en el mar de nuestra infancia y en todas las historias compartidas.
