Nos han enseñado a tratar el síndrome del impostor como una falla que debe ser expulsada para sentirnos seguros y evitar el autosabotaje. Sin embargo, una dosis moderada de esa duda puede ser saludable, no al punto de convertir cada logro en casualidad, sino en revisar el trabajo, escuchar y recordar cuánto falta por aprender, o sea, bien administrada, mantiene los pies en la tierra, pero sin encadenarlos al suelo.
La diferencia importa porque entre la inseguridad y la soberbia hay una franja donde crece la sensatez. Quien nunca duda, corre el riesgo de volverse egocéntrico y petulante, o creerse superior, porque la humildad no consiste en negarse capacidades, sino en reconocerlas sin convertirlas en una corona.
Por eso el mito de Ícaro dice algo en una época obsesionada con volar alto y es que, encerrado en Creta junto a su padre, el joven escapó con unas alas que Dédalo fabricó con plumas, hilo y cera. Antes de partir recibió la advertencia de que debía evitar la humedad del mar y el calor del sol, es decir, siempre debía ir en el medio.
Al principio Ícaro obedeció y el plan funcionó, pero después sintió la altura, vio el mundo pequeño bajo sus pies y se dejó seducir por una idea conocida para cualquiera que haya probado el éxito: “Si he llegado hasta aquí, quizá nada pueda detenerme”. Por eso siguió subiendo hasta que el calor derritió la cera. Nótese que su tragedia no fue abandonar la torre ni disfrutar el cielo, sino creer que la emoción del vuelo había vuelto innecesarios los límites que lo hacían posible.
También nosotros recibimos advertencias que preferimos llamar negatividad y justo aparecen cuando un proyecto crece, cuando el reconocimiento nos convence de que ya dominamos el oficio o cuando dejamos de consultar a otros. Entonces, el impostor moderado cumple una función valiosa y nos pregunta si revisamos bien, si sabemos tanto como creemos, si todavía escuchamos. No es que busque devolvernos a la torre, sino que trata de comprobar si la cera sigue intacta.
Claro que, vivir bajo sospecha permanente tampoco es sabiduría, Dédalo advirtió a su hijo que no volara demasiado alto, pero también que no rozara el mar, pues el miedo empapa las alas con la misma eficacia con que la arrogancia las derrite. Por eso hay personas que nunca caen, porque jamás despegan y esa prudencia inmóvil puede parecer virtud, cuando en realidad es una renuncia.
Parafraseando la imagen de Camus en su novela ‘La Caída’, podríamos imaginar a Ícaro feliz, pero no por precipitarse al vacío ni por desobedecer; sino imaginarlo feliz mientras encuentra la altura que le permite avanzar sin perderse. Tal vez madurar consista en conservar suficiente ambición para abandonar la torre, y suficiente duda para no creernos dioses, porque eso de volar, sí, pero siempre con la humildad de revisar de vez en cuando nuestras alas y la emoción que las impulsa.
*Abogado.

