En tiempos en los que tanto se habla de liderazgo, conviene preguntarnos qué clase de líderes estamos siguiendo y qué clase de liderazgo estamos promoviendo en la familia, en la educación, en la empresa, en la vida social, en la Iglesia y en la patria. De la calidad humana y moral de quienes orientan a otros dependen, en buena medida, el ambiente que se construye, las decisiones que se toman y el rumbo que asumen las personas, las familias y las comunidades.
Cuando pensamos en un buen líder, solemos reconocer rasgos que todos quisiéramos encontrar en quienes ejercen influencia sobre los demás: integridad, coherencia, buen ejemplo, capacidad de inspirar, de escuchar, de comunicar con claridad, de trabajar en equipo, de impulsar el crecimiento propio y ajeno y de actuar con genuino interés por el bien común. Un verdadero líder no se limita a dirigir: ayuda a sacar lo mejor de los otros y pone su autoridad al servicio de una causa superior.
Por eso Jesús sigue siendo el referente más alto de liderazgo. Es el buen pastor, el maestro, el líder por excelencia. Y lo es no solo por su condición divina, sino también por la manera profundamente humana en que vivió su misión. No lideró desde la vanidad, ni desde la imposición, ni desde la conveniencia personal. Lideró desde el amor, desde la verdad, desde la entrega y desde la fidelidad al bien de los demás, incluso hasta dar la vida.

Sobre la extrema coherencia y la guerra sucia
Rafael Nieto LoaizaEsa es, precisamente, una de las grandes lecciones del Evangelio: la autoridad auténtica no se impone, se gana; no aplasta, sirve; no manipula, orienta; no se aprovecha de los demás, sino que se entrega por ellos. El buen pastor no utiliza a sus ovejas; las conoce, las cuida y las conduce. Ese modelo sigue siendo actual y urgente.
Lo inquietante es que cada vez vemos más formas de influencia sin sustento ético y sin verdadero compromiso con las personas. Se apoyan en promesas vacías, engaños o manipulaciones y, en vez de servir a los demás, se sirven de ellos. Lejos de construir, terminan dividiendo, dañando y frenando el desarrollo humano.
A la luz de las lecturas de hoy*, necesitamos abrirnos a la acción del Espíritu Santo y seguir a Jesús, nuestro buen pastor. Él nos conduce hacia fuentes tranquilas y hace posible que “tengamos vida y la tengamos en abundancia”. Frente a esa realidad, la figura de Jesús, buen pastor, adquiere una fuerza especial. Él nos recuerda que liderar es una responsabilidad profundamente moral y espiritual. Nos muestra que solo quien está interiormente bien orientado puede orientar bien a otros. Y nos invita también a revisar nuestra propia vida: cómo influimos, cómo ejercemos la autoridad, qué motivaciones nos mueven y qué criterios usamos para elegir a quienes nos dirigen en nuestras comunidades y países.
*Hch 2, 14ª.36-41; Sal 22; Pe 2, 20b-25; Jn 10, 1-10.
**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.