El Holoceno la dejó, hace más de 10.000 años, abrazada por el río. Por él la prosperidad fue flujo constante hasta cuando el mismo caudal le dejó en simultánea el sedimento y el aislamiento que la suspendió en el tiempo llevándose el progreso por el brazo de Loba a Magangué. El río que la convirtió en la isla fluvial más grande de Latinoamérica fue el orfebre que imbricó la prosperidad, el fervor religioso y la masonería para convertirla en la primera en proclamar la independencia absoluta bajo el retador “ser libres o morir”.
Además de estética, su arquitectura es la más pragmática respuesta al caluroso clima y a sus hermosas costumbres: un voyerismo social prohijado en grandes pórticos y amores imposibles vividos en gigantescos ventanales. Fronteras invisibles de rígidas normas sociales quebrantadas por prolíficas familias que obligaron a una eterna sucesión de cuartos, patios y corredores en donde el tiempo circula de generación en generación emulando a los Buendía, hasta el infinito y más allá del delirio. Altísimos techos convertidos en termostatos diurnos y nocturnos escondites de romances y fantasmas. La rígida estratificación social fue el cartógrafo urbanizador que diseñó la cúspide frente al río y de allí para atrás decrecía según alcurnia y abolengo.
Fue allí donde magnos anfitriones nos abrieron, al tiempo, las puertas de ese patrimonio de la humanidad, sus hogares y su raigambre a una generación de galenos que durante exiguas 48 horas revivimos un sexenio de estudios y décadas de encuentros y desencuentros. Exquisito convite matizado de remembranzas y chorizos, sazonado de emociones y butifarras y lubricado de un infinito y variado flujo etílico que alivió inquinas, agigantó afectos y ahogó la nostalgia por aquellos que ya no están a golpes de dominó mientras fluíamos junto a ese río y volteamos a mirar ese pasado en que hasta las tragedias universitarias eran jolgorio vistos con la amañada lente juvenil. Tengo para mí que, para Mompox y para todos, mirar atrás con la sombría mirada de Edit, la esposa de Lot, pensando que todo tiempo pasado fue mejor es inútil y paralizante. Más bien voltear al pasado con la visión crítica de que lo bueno puede mejorar y lo malo deberíamos convertirlo en aprendizaje. La trascendencia y los recuerdos deberían ser parte de ese taller de orfebrería donde hicieron los pescaditos de Aureliano y donde Mompox, su jazz y todos deberíamos solapar en filigrana la preservación del legado con la construcción del futuro. Complejo y casi utopía, deberíamos seguir al William que enseñó a Gabo que “la memoria cree antes que el conocimiento recuerde. Cree más de lo que recuerda, más de lo que el conocimiento se pregunta”.
