Columna

J. Balvin

“Mucho se ha dicho sobre la depresión en el arte y se ha planteado que Hamlet sería el mejor ejemplo de tal mal...”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Ella, hija de la Noche y la Oscuridad, era la personificación del dolor, la angustia y la tristeza y para los griegos. Inevitable compañera de la condición humana puesto que más temprano que tarde Oizis (Miseria) aparecía en la vida de todos para que la Alegría (Eufrósine) desapareciera como por encanto. Cuando aún la enfermedad mental no estaba inventada, la melancolía (estrictamente en griego significaba bilis negra) se entendía como un exceso de esa bilis que tornaba a cualquiera de feliz y dicharachero en alguien taciturno, triste y sombrío. Pensaban los griegos que un pequeño toque de bilis negra era vital pues, sin él, artistas, filósofos o estadistas perdían la genialidad y la capacidad de introspección necesarias para crear. Aristóteles decía que la tristeza profunda era el precio que debían pagar los hombres excepcionales por la genialidad. Pero tenían remedios. Los estoicos promovían la estimulación sensorial: habitaciones iluminadas evitarían la oscuridad depresora; el ejercicio, la lectura, el teatro y la música eran otros menjurjes propuestos. Y cuando nada de esto servía, el tratamiento radical era un cambio de aire con largos viajes. Mucho antes, en la Odisea, Helena de Troya vertía Nepente en el vino para “disipar el dolor y la cólera y olvidar todos los males” con lo cual y sin saberlo inauguró el primero de los antidepresivos.

Mucho se ha dicho sobre la depresión en el arte y se ha planteado que Hamlet sería el mejor ejemplo de tal mal. Para mí es el Anciano apenado (a las puertas de la eternidad), un óleo de van Gogh, el paradigma de esa desazón que arrastra quien sufre la depresión. En la obra un anciano con los codos sobre las rodillas y la casi totalmente calva cabeza entre las manos yace sentado en una estéril silla como fiel estampa de la depresión. Cientos de millones la padecen en silencio y sin saberlo; un mal que la humanidad inútilmente esconde bajo esa falsa alfombra de la felicidad eterna que se inventó para negar la natural volubilidad del estado de ánimo. Se camufla entre los bastidores del trafago vital y de miles de estimulantes que solo la profundizan aún más. En Colombia la padecen millones de personas y solo el 20% recibe una atención adecuada y, según el DADIS y Cartagena Cómo Vamos, la depresión, ansiedad y suicidio son más que preocupantes. Pues fue José Álvaro Osorio Balvin, hace años, quien la sacó de ese cuarto de San Alejo al afirmar que “está bien no estar bien”. El mismo que durante casi dos horas nos hizo vibrar de felicidad en Valledupar enseñó que “nos hicieron creer que el lujo era lo raro, lo caro, lo exclusivo... Ahora nos damos cuenta de que el lujo es la libertad, el tiempo y la salud”.

*Profesor en la Universidad de Cartagena.

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