Hay lugares que son como portales, no se visitan: se atraviesan. La tienda de Toño era uno de ellos. Bastaba entrar allí para que el tiempo cediera, y la infancia —esa que creemos superada— volviera a respirarse. Y me veo allí, empinada, con la barbilla puesta sobre el mostrador pensando qué iba a pedir. Y, por supuesto, Toño siempre ahí: saludando a todos por su nombre con una sonrisa inquebrantable, destapando chichas (que no eran chichas sino jugo de maíz), con la promesa que eran la clave para tener un día feliz. Bastaba verlos a todos aglutinados, esperando turno con sus miradas ansiosas, mientras Toño agitaba la chicha dándole golpecitos al fondo de la botella.
Él se movía como un pulpo: sacaba empanadas triangulares de la vitrina, arepas de huevo, papas rellenas; partía cuatrocientos pesos de salchichón con seiscientos de queso, ponía hallacas sobre un plato plástico y les cortaba tan rápido la pita, que parecía un acto de magia verle las hojas instantáneamente abiertas.
Toño no atendía clientes, recibía personas; mejor dicho, sostenía un pedazo de comunidad, en un barrio como Manga, donde los edificios se levantan más rápido que los recuerdos. Pero ese no era un lugar exclusivo de los mangueros, era un lugar de todos. Tanto, que se convirtió en un referente, en una ciudad donde damos la dirección diciendo: “Por la esquina del Comando de Policía”, “En frente de la Urbanización Colonial”, “Una cuadra después del semáforo”… Yo, por ejemplo, he vivido siempre en una casa ubicada diagonal a la Tienda de Toño. Esa avenida se llama: “Alfonso Araújo” y solo hasta hace un par de años me enteré de que su nomenclatura es: “Calle 26”. Cada vez que tomo un taxi la escena es la misma: -Señor, a Manga, por favor. - ¿Qué parte de Manga? -Avenida Alfonso Araújo. - ¿Esa cuál es? -Por la Tienda de Toño. -Ah, ya. Ahora sí.
Es obvio que nadie levanta una placa por una tienda de barrio, ni nadie declara patrimonio una conversación apoyada en un mostrador. Pero allí, en esos lugares aparentemente insignificantes, se tejía lo esencial: el reconocimiento del otro, la certeza de pertenecer a algún sitio. Porque la vida también se construye en lo cotidiano, en lo simple, en lo compartido.
Yo cruzaba a pata pelá. Toño me miraba y sonría. -Ajá, Adolfita – me decía espelucándome el cabello. Entonces yo estiraba el brazo y le señalaba los boliquesos y el frasco de Bon bon bum. Él me pasaba uno y uno. - ¡Gracias! Por favor anótaselos a mi papá – y me iba corriendo. Al final, quizás de eso se trata, de entender que la infancia no está solo en los años que pasaron, sino en los lugares que la sostuvieron.
Por eso, Toño sigue ahí —no en la tienda, sino en nosotros— en la forma en que todavía damos direcciones, en la chicha, en sus frases, en su eterna sonrisa… porque hay lugares que se quedan habitando en la memoria colectiva, sosteniendo, en silencio, lo que fuimos.
