Ícaro se lanzó al cielo con unas alas hechas de cera y plumas… luego, el sol las derritió y cayó al mar. Siempre nos enseñaron que aquella historia era una advertencia contra la soberbia, contra quienes se atreven a volar demasiado alto. Pero hay otra lectura –mucho más útil para los jóvenes de hoy–: Ícaro no cayó por volar alto; se equivocó por volar solo.
Esa idea la escuché durante la ceremonia de graduación de la promoción 83 de la Universidad Tecnológica de Bolívar. Alfonso Núñez, gerente general de Refinería de Cartagena, les habló a 354 nuevos profesionales y dejó una reflexión que vale la pena sacar del auditorio y llevarla a más jóvenes que se hacen la misma pregunta: “¿Qué tan alto me atrevo a volar”.
Núñez recordó que las alas de Ícaro no aparecieron solas. Fueron construidas por Dédalo, su padre, quien antes del vuelo le hizo un par de advertencias que su hijo no tuvo en cuenta. Es cierto, nadie llega solo. Detrás de cada profesional hay padres agotados, profesores pacientes, amigos generosos y trabajadores invisibles que sostienen sueños ajenos sin pedir reconocimiento.

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AMYLKAR D. ACOSTA M.“Cada uno de ustedes está aquí porque alguien empacó su paracaídas”, dijo. Esa metáfora, tomada de la historia de un piloto sobreviviente de la guerra de Vietnam, sirve para recordar que siempre hay personas haciendo trabajos silenciosos que terminan salvándonos la vida. Y añadió: “Aprendan, desde hoy, a empacar el paracaídas de otros”.
Cuántas veces en Colombia escuchamos frases como “aquí no se puede”, “nadie sale adelante” o “eso nunca cambia”. Tal vez muchos límites no están realmente en nuestras capacidades, sino en las ideas que heredamos sobre lo imposible.
“La barrera no era física, era mental”, así recordó Alfonso la historia de Roger Bannister, el primer hombre en correr una milla en menos de cuatro minutos, algo que durante años el mundo creyó imposible. Bastó que uno lo hiciera para que otros también lo lograran después.
Y luego habló del miedo. No como enemigo, sino como compañero inevitable de cualquier decisión importante. “Háganlo con miedo. Pero háganlo”, aconsejó. Una frase honesta para una generación que muchas veces siente que debe tener la vida resuelta antes de dar el primer paso.
Cartagena y Colombia necesitan jóvenes que quieran llegar lejos, romper barreras y transformar realidades. El problema nunca ha sido volar alto, el problema aparece cuando el éxito hace olvidar a quienes ayudaron a construir las alas.
“Vuelen con la memoria de quien empacó su paracaídas. Vuelen con esta ciudad amurallada que los vio crecer. Vuelen con su alma mater. Y cuando el miedo aparezca (porque va a aparecer) recuerden que está bien tenerlo, que sus límites no son del cuerpo sino de la cabeza. Y que alguien, en algún lugar, está empacando para ustedes un paracaídas que algún día les va a salvar la vida sin que se enteren. Vuelen alto, pero no solos”, concluyó.
