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Columna

La polarización como política de odio en Colombia

“Cuando el adversario político se transforma en un enemigo a destruir, se erosionan los acuerdos...”.

Doris Ortega Galindo

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A unas cuantas semanas de las elecciones presidenciales en Colombia, se atraviesa un momento crítico en su historia democrática. El clima político no solo está marcado por la natural competencia de modelos de país, sino por una polarización extrema que ha fracturado la esfera pública, alimentada por el miedo, la ira y una crisis de confianza institucional sin precedentes.

En este panorama sombrío, entre lo terrorífico y satírico, se asoma a mi mente aquella famosa frase que propusiera Álvaro Gómez Hurtado en los años 90: Acuerdo sobre lo fundamental, donde se evoca la necesidad de un consenso nacional con unos mínimos innegociables (educación, salud, trabajo, seguridad, justicia, familia, niñez) que no cambien sin importar quién gane la Presidencia.

La polarización que vivimos hoy tiene raíces profundas. La consolidación de fuerzas con identidades ideológicas marcadas; por un lado, la izquierda que respalda al oficialismo, y por otro, una oposición liderada por sectores de derecha. Esto ha creado un sistema de “cámaras de eco” donde la información se consume bajo sesgos preestablecidos. En este ecosistema digital, la verdad informativa está en riesgo; las noticias falsas y la desinformación masiva no solo circulan, sino que son herramientas estratégicas para movilizar emociones primarias. El resultado es un electorado que, más que votar “a favor” de un proyecto, vota visceralmente “en contra” de lo que percibe como una amenaza existencial para el país.

El mayor peligro de esta dinámica es el retroceso democrático. Cuando el adversario político se transforma en un enemigo a destruir, se erosionan los acuerdos básicos de convivencia cívica. La desconfianza no se limita a los partidos; se extiende a los medios de comunicación, a la autoridad electoral y a la propia idea de que es posible alcanzar consensos nacionales. Todo lo anterior se agrava por una realidad innegable: la inseguridad y la expansión de grupos armados en los territorios, que alteran la percepción de la ciudadanía y, en casos extremos, limitan el ejercicio democrático con violencia. El magnicidio ocurrido el año pasado es un recordatorio sombrío de hasta dónde pueden escalar estas tensiones cuando el discurso político se vuelve venenoso,

Por otra parte, los jóvenes, protagonistas en esta contienda, demandan respuestas a causas específicas, alejándose de los partidos tradicionales para buscar nuevas formas de conectar con el poder. Sin embargo, en medio del ruido constante, sus voces corren el riesgo de ser absorbidas por la narrativa de la confrontación permanente; no obstante, como lo manifestara, el gran líder inmolado Martin Luther King Jr.: “Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que, a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño”, y ese sueño, como mujer, madre y ciudadana, se llama: Colombia en paz.

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