La catedrática Caterina Soutwood, en su brillante libro: «El valor cívico de las humanidades», plantea una advertencia que no debería pasar inadvertida: si hemos reducido el valor de la educación a aquello que puede rentabilizarse o comerciarse con réditos inmediatos, estamos empobreciendo el alma misma de las sociedades.
Los datos le dan la razón. Las universidades superiores de Estados Unidos otorgaron un treinta por ciento menos de títulos en humanidades durante la última década, desplazadas por la inteligencia artificial, la ciencia de datos y las especialidades técnicas. El mensaje implícito es brutal: las humanidades no son rentables. Sin embargo, como bien advierte Soutwood, las sociedades no colapsan por falta de tecnología. Colapsan cuando pierden el alma y la capacidad de comprenderse a sí mismas.
Como lo señalaba el columnista Iván Moreno en su artículo «El valor cívico de las humanidades»: «Se requieren ingenieros, científicos de datos y especialistas en inteligencia artificial, sin duda. Pero también personas capaces de distinguir entre información y verdad, entre eficiencia y dignidad, entre innovación y bien común. Esa capacidad no la produce ningún algoritmo. La produce la filosofía, la literatura, la historia. La produce una educación que no solo enseña herramientas, sino que se pregunta qué hacer con ellas.»
El fenómeno ha sido descrito con precisión por otros pensadores. Entre ellos, Fernando Savater, filósofo español, que lo denomina un naufragio silencioso: el desplazamiento de los fines —qué vida merece la pena ser vivida— por los medios —tecnología y eficiencia—. Prescindir de las humanidades supone, en sus palabras, un fracaso en la comprensión de lo que nos hace humanos. Una sociedad que no forma ciudadanos capaces de ejercer sus derechos, comprender su historia y deliberar sobre su destino, es una sociedad que camina a ciegas.
La filósofa española Adela Cortina también se ha pronunciado sobre este fenómeno cultural con idéntica preocupación. No se trata de nostalgia académica. Se trata de reconocer que la reflexión ética, el pensamiento crítico y la comprensión narrativa son condiciones de posibilidad de cualquier democracia digna de ese nombre.
Es hora de que cada profesor aporte su grano de arena, de que las aulas universitarias recuperen el espacio para preguntarse qué permanece de humano bajo la constante evolución técnica. La inteligencia artificial puede optimizar procesos, pero no puede decirnos para qué. Esa pregunta es nuestra. Y abandonarla sería, quizás, el error más costoso de este siglo.

