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Columna

La narrativa del impacto

“Un mundo distinto que no se levanta sobre buenas intenciones, sino sobre la resiliencia, el pensamiento estratégico...”.

Jackeline Pájaro López

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«Otro mundo es posible». No es una frase de cajón ni una idea romántica. Es, en estricto sentido, el motor que mueve al tercer sector. Un mundo distinto que no se levanta sobre buenas intenciones, sino sobre la resiliencia, el pensamiento estratégico y la colaboración. Hablamos de la articulación entre visión, propósito y determinación para materializar la anhelada transformación social.

​Hoy, más que nunca, las organizaciones sociales y las fundaciones estamos llamadas a marcar la diferencia. Nuestra responsabilidad es movilizar a ciudadanos y empresas, demostrando que es posible vencer los obstáculos estructurales cuando se trabaja con y para la gente. En este camino de consolidación, existen dos herramientas indispensables y de las cuales el tejido social debe apropiarse: la claridad del propósito y la comunicación estratégica.

​La razón de existir de una organización y la causa que defiende deben ser capaces de conectar a las mayorías. Gestionar este intangible no es un reto exclusivo del tercer sector, pero sí es una condición innegable para sensibilizar, movilizar voluntades y asegurar el compromiso de largo plazo de los aliados.

​Esta misión es vital. A pesar de las dificultades del entorno, somos los llamados a impulsarla. Sin embargo, el cambio social requiere de un liderazgo distribuido para transformar a nuestra Cartagena y a cualquier territorio. Necesitamos implicarnos más allá del diagnóstico o del comentario de pasillo sobre lo bueno o lo malo que ocurre; el desafío está en la transformación profunda de hábitos y comportamientos urbanos.

​Quizás es esto lo que nos ha faltado como cartageneros: atender el llamado con vocación de grandeza para identificar una causa común y sumar lo mejor de nuestros talentos y recursos. Un ejemplo reciente nos confronta: ante la inauguración del Complejo Deportivo Nuevo Chambacú, la conversación pública no puede quedarse atrapada en el hecho reprochable del ataque de un vendedor ambulante a un funcionario de Espacio público. Ese síntoma de intolerancia solo deja al descubierto una necesidad latente: urge un trabajo colectivo que, desde la empatía, nos conecte con la visión de ciudad que merecemos. Debemos ser oasis en medio de tanta polarización.

​Es en este escenario donde el tercer sector debe aportar su capacidad de construir narrativas que transformen realidades y movilicen personas hacia el bien común.

​​El reto actual es metodológico. La comunicación debe ser tan nítida que cada actor —público, privado y comunitario— sepa exactamente qué se espera de él.

Otro mundo sí es posible. Y es el tercer sector, con su experiencia técnica y sensibilidad territorial, un actor clave para liderar ese tránsito. Porque si no somos capaces de creerlo y comunicarlo, ¿para qué existimos?

*Estratega en reputación, comunicación y marca.

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