Columna

Ética periodística en tiempos de turbulencia

“La democracia empieza a venirse abajo, cuando el preguntar se vuelve peligroso...”. Estos son los detalles.

Orlando Díaz Atehortúa

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¿Cómo no recordar al profesor Carlos Gaviria Díaz?

Los medios de comunicación son el cuarto poder, y su responsabilidad es proporcional a esa envergadura. Carlos Gaviria Díaz lo repetía, con su rigor habitual: esa magnitud debe ejercerse como contrapeso independiente, no como amplificador de intereses privados. Una prensa libre, que vaya al encuentro de la verdad, es condición esencial para evitar los dogmatismos y fanatismos que empantanan y trastornan el pensamiento colectivo. Ya lo advertía Iñaki Gabilondo:

“El periodismo es una profesión para aquellos a los que les importan las cosas que les pasan a la gente. Si no, dedícate a otra cosa.”

Son preocupantes los informes de la Sociedad Interamericana de Prensa [SIC]. La columnista Ana Bejarano Ricaurte publicó, el once de enero, una columna cuestionando la trayectoria de Abelardo de la Espriella y su relación con Alex Saab —extraditado ya a Estados Unidos— como testaferro de Nicolás Maduro. La respuesta fue una cascada de amenazas judiciales. No es un caso único: es un patrón que se repite en el uso de la justicia para asustar, censurar o dificultar opiniones sobre temas de interés público, violando claramente la Declaración de Chapultepec y los principios de la CIDH.

La democracia empieza a venirse abajo, cuando el preguntar se vuelve peligroso. El asesinato, por parte de un grupo delincuencial, del joven reportero Mateo Pérez Rueda, nos hace razonar que el país, en lo relacionado con la seguridad, está muy mal. Los ataques contra periodistas —en especial mujeres— en escenarios públicos y la utilización de la justicia, como ariete contra la prensa, son señales que no admiten indiferencia. Tampoco es concebible que un candidato presidencial, haya invitado grotescamente a una periodista a “mirarle el bulto”. Siendo también muy grave que los compañeros de la mesa de trabajo de la aludida, hayan asumido un silencio cómplice ante la afrenta y la evidente chabacanería.

Pero la reflexión ética no puede agotarse en las agresiones externas. El periodismo tiene obligaciones internas. La libertad de prensa jamás es una licencia para desinformar: es ilícito presentar hechos no verificados, como verdades y convertir un medio de comunicación en un operador político, que inclina deliberadamente la balanza. Baste recordar el caso de los “sondeos digitales”, documentados por la revista Semana y Atlas Intel, con algunas graves variaciones atípicas, que motivaron investigaciones del Consejo Nacional Electoral.

La ética periodística exige autocontrol, contraste de fuentes e independencia editorial. La verdad no se construye desde la insinuación malintencionada, ni desde la manipulación emocional. Cuando un medio cambia la objetividad, por el fanatismo ideológico, deja de informar y se convierte en un actor subjetivo y de poca o nula credibilidad. Por ello, cobra vigencia la figura del defensor del lector, las rectificaciones transparentes y la autorregulación seria, comprometida con la ciudadanía. La democracia necesita periodistas libres, sí, pero también responsables.

Colombia requiere, con urgencia, un pacto ético que involucre a políticos, medios, periodistas, plataformas y ciudadanos. Sin prensa libre, rigurosa y valiente, todo se reduce a cenizas mediáticas, propagandas inanes, shows intrascendentes y mentiras manipuladoras. Ya, una lumbrera de la ética periodística en Colombia, nos señaló el camino, el ilustre Javier Darío Restrepo: ‘El buen periodismo, lo sabemos, no lo hacen ni los pasivos, ni los resignados’.

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