Siempre converso con los conductores que me llevan y me traen en cualquier ciudad del planeta a donde bien los negocios y otras responsabilidades me llevan, y Cartagena no es la excepción.
Recién me monté al carro amarillo, aquel señor robusto, amable, sorprendentemente buen conductor, pero especialmente muy informado de lo que sucede con la ciudad y con el país, comentó sobre lo bien que estaban haciendo alcaldes como Dumek, Char y otros.
Acto seguido el hombre me habló de que todo se facilita si pasamos al otro lado, como yo no capté, aclaró “lo digo por lo de las elecciones presidenciales”. Me preguntó por quién me inclinaba y después de responderle, él comenzó a hablarme de su decisión. Me dijo que a él y a muchos de sus colegas, lo único que les importaba era la seguridad. Que mientras a él le dieran seguridad, él se encargaba de lo demás, que con su carro estaba pagando los estudios de sus hijos, pero que siempre podía hacer algo extra de dinero, pero le daba miedo por el tema de la inseguridad, de la extorsión y todo eso.
Yo me quedé pensando mientras la avenida Santander, con su mar Caribe desfilando al ritmo de los alisios, servía de tribuna para un hermoso atardecer. Recordé la situación del país hace 25 años y cómo un hombre relativamente desconocido estaba desafiando el establecimiento con base en un programa que llamó “Seguridad democrática”. Ganó con contundencia. Porque al final, si no hay seguridad, no tienes nada. La seguridad es un tema que forma parte de nuestros instintos naturales, desde que vivíamos en cavernas. Viene programada en nuestro ADN, y por ello despierta emoción, y sobre todo, esperanza.
Yo pensaba votar por la candidata, pero me quedo con el candidato. El “outsider”, que me recuerda a Bukele de El Salvador. Es apenas lógico aceptar que el taxista tiene razón, después de escuchar un programa en la radio donde entrevistaron a alguien de ese país hablando de cómo había cambiado la vida, la sociedad, la economía y el estado de ánimo de la población, y cómo El Salvador se había convertido en el país de mayor crecimiento, mayor inversión y mayor visitado de la región gracias a la seguridad. Ah, pero cómo olvidarlo, si ya nosotros pasamos por lo mismo.
Si en el reciente pasado la advertencia que importaba era la de Venezuela, que no podíamos caer en ese ejemplo, la advertencia que importa hoy, por lo que nos recuerda, es la de El Salvador. Quizás El Salvador está ahí para mostrarnos lo que sí debemos hacer. No hay mucho más espacio para la terquedad o la ignorancia, las excusas o las dudas, a menos que insistamos en la autoflagelación. El tiempo no da espera, y menos cuando un colega de mi taxista fue asesinado durante un atraco. Precisamente, otra advertencia.
