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Columna

Los profesores y la era de la inteligencia artificial

El capitalismo, en la era digital, le da galardones a quienes piensan con impulsos vertiginosos, a quienes reaccionan con inmediatez.

Orlando Díaz Atehortúa

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“Enseñar es incitar a amar lo que uno desea. Todo lo demás son catálogos, enseñanzas huecas, datos sin alma. Es importante que los luchadores por la educación entendamos claramente que, si esta no enseña al hombre a luchar por sí mismo, a criticarse a sí mismo, a criticar la sociedad en la que vive, esa educación es nefasta. Hay una relación necesaria, y generalmente perjudicial, entre educación y autoridad. La educación no es ni debe ser domesticación. La educación es la que permite al individuo pensar por sí mismo; y eso es una educación deseable, aunque difícil de alcanzar, porque la educación ha sido siempre una obligación, una imposición, un deber de llegar a ser lo que determinen los que mandan”. —Estanislao Zuleta

En estos tiempos, toda la información puede encontrarse fácilmente en YouTube, Google o cualquier plataforma digital. Por ello, la tarea más crucial del maestro moderno ya no consiste en acumular, ni en transmitir datos; se relaciona con ayudar al alumno a distinguir qué vale la pena observar, pensar y comprender, dentro de ese inmenso ruido que pulula en el aire y que no cesa.

El capitalismo, en la era digital, le da galardones a quienes piensan con impulsos vertiginosos, a quienes reaccionan con inmediatez. En ese contexto, la inteligencia artificial irrumpe, con sus obvias ventajas, sus riesgos y sesgos de fondo. El problema es de profundidad. Cervantes, en el Quijote, empleó casi veintitrés mil palabras distintas. ¿A dónde podemos llegar con doscientas cuarenta? ¿Cómo construir pensamiento? ¿Cómo convertirnos en ciudadanos críticos?

La situación no carece de respaldo estadístico. Estudios internacionales han comenzado a evidenciar la magnitud del problema. Una investigación auspiciada por la Universidad de Cambridge revela una preocupación creciente entre docentes de más de ciento cincuenta países respecto a la disminución de la capacidad de atención de sus estudiantes. El propio informe PISA 2022 de la OCDE lo confirma: el 51 % de los alumnos se distrae con dispositivos digitales durante las clases. Los niños que pasan entre cuatro y cinco horas frente a pantallas obtienen quince puntos menos en Lengua, Matemáticas y Ciencias que quienes las usan menos de una hora.

Bajo la misma óptica, el filósofo Byung-Chul Han, en su libro: “Vida contemplativa” advierte que hemos perdido la capacidad de demorarnos, de prestar una atención plena a lo que realizamos. En lo contemporáneo, se premian las multitareas. Nuestra especie, en la modernidad, convierte a los humanos en máquinas de rendimiento. Se tiene que producir sin descanso, hasta el agotamiento mental, el célebre burnout —el cerebro quemado, el Fausto moderno—. Esta es una epidemia silenciosa que ya existe y todos reconocemos.

Cada vez cuesta más profundizar, analizar y razonar frente a ideas complejas. No solo se está perdiendo la atención: también mengua la capacidad de permanencia, que enseñaban los filósofos griegos. Qué raro es hoy sostener una conversación ardua, sin abandonarla, soportar el silencio necesario para razonar o enfrentar textos exigentes, sin sucumbir a la ansiedad de la inmediatez.

Y ni qué hablar de la lectura —herramienta indispensable por los siglos de los siglos, para desarrollar el pensamiento crítico, la sensibilidad y la reflexión profunda—, que también va en franco retroceso. La pausa, la paciencia y la contemplación son virtudes que el maestro debe auscultar con sus educandos. El psicólogo social Jonathan Haidt lo expresó con contundencia, ante unos graduados universitarios: somos aquello a lo que prestamos atención.

Sería una verdad evidente y trivial pretender que un profesor compita con la inteligencia artificial en velocidad, precisión o acumulación de datos. Esa batalla ya está perdida. El verdadero maestro debe orientar sus esfuerzos hacia misiones más elevadas: provocar preguntas, despertar curiosidades, enseñar a pensar con calma y profundidad e inmiscuir a sus alumnos en el amor por la lectura —no como obligación tediosa, ni sobrecarga académica, sino como un auténtico deleite intelectual.

Sostener la concentración de un alumno dentro del aula se ha convertido hoy en una actitud profesional de enorme calado. Educar ya no consiste únicamente en transmitir contenidos: implica sembrar valores, eticidad, virtudes. Además, al menos intentar que los alumnos se enamoren, se reitera, de la lectura —no una forzada, sino aquella que le guste a ese potencial lector— y rescatar la capacidad de pensar con serenidad, en medio de un mundo que empuja constantemente hacia la dispersión.

Para no olvidar, leer continúa siendo uno de los actos más revolucionarios en estas sociedades dominadas por la distracción y lo célere.

También enseñar hoy implica defender la posibilidad misma de reflexionar acerca de los propios deberes, de los valores que sostienen una democracia, del conocimiento que merece ser auscultado. El mejor docente será aquel capaz de impedir que las pantallas impongan su reinado total sobre el pensamiento crítico.

Propendamos, entonces, por recuperar la atención de nuestros educandos. ¿Y que lean? Cualquier texto que les guste. Porque allí precisamente comienza la verdadera formación del ser humano en virtudes, en valores, en humanidad, en eticidad. Y es ahí, precisamente, donde le estamos ganando la carrera a la inteligencia artificial.

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