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Columna

El fútbol y el fascismo

Es indudable: la violencia en el fútbol existe, aunque reglamentada. Un árbitro la contiene mediante tarjetas amarillas o rojas.

Orlando Díaz Atehortúa

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En psicología hay un término importante: el inconsciente colectivo. Este concepto fue creado por Carl Gustav Jung y se refiere a una parte de la mente humana que contiene experiencias, imágenes y símbolos universales que comparten todas las personas. Es diferente del inconsciente personal. Jung postuló que ese inconsciente colectivo está habitado por arquetipos —patrones universales presentes en mitologías, religiones y relatos de todas las culturas—. Entre los principales: el héroe, que enfrenta desafíos y adversidades, desde la mitología griega hasta los relatos modernos; y la sombra, ese lado oscuro de la personalidad que reprimimos, pero que permanece como parte integral de nosotros.

Es indudable: la violencia en el fútbol existe, aunque reglamentada. Un árbitro la contiene mediante tarjetas amarillas o rojas. Pero cada partido está impregnado de choques físicos entre contrarios, descomunales broncas de las barras bravas, la demonización recíproca con motes y apodos: los diablos rojos, los rojos de la montaña, el cañón, la saeta rubia, Scarface, etcétera. El entrenador impone una disciplina militar. La finalidad es ganar a toda costa. Ahí está la clave. Como sentenció Maquiavelo: «No importan los medios que se utilicen; lo realmente valioso es lograr el fin».

¿Cómo olvidar el Mundial de 1934 en esa Italia, con la profunda injerencia de Mussolini, quien utilizó la Copa del Mundo como herramienta de propaganda para limpiar su régimen fascista? Y los Juegos Olímpicos de 1936, donde Hitler impuso su maquinaria propagandística para blanquear a la Alemania hitleriana ante el mundo y ocultar sus políticas racistas. El adoctrinamiento era la palabra predilecta de ambos. El Duce, siempre como líder supremo; Hitler, como nuevo mesías, exaltando la sangre aria. El símil es perfecto; se asemejan a los técnicos de fútbol; de ellos emana la visión sobre el partido y el modus vivendi de los jugadores. Pertenencia a un liderazgo vertical, donde la tribu, la manada, tiene como única mira la victoria. Los colores y el escudo reemplazan a la bandera nacional.

El pasado 14 de junio me dirigí, en familia, a la ciudad de Guadalajara de Buga. Teníamos la intención de orar. Fue imposible; era un día de multitudinaria peregrinación religiosa. Con el plan B, nos dirigimos al restaurante de un amigo a ver el partido Holanda-Japón. Los samuráis de azul lograron emparejar el partido en dos ocasiones. Daichi Kamada nos enseñó, en el minuto 89, que los partidos solo se terminan con el pitazo final. Afuera, llegaban decenas de personas: unos atraídos por la camiseta amarilla, con el logo del tigre —que repartía al tutiplén el grupo de logística—, otros entraban al evento por curiosidad, y la mayoría para ver a su líder, al outsider: el señor Abelardo de la Espriella. Trump y el expresidente Uribe Vélez lo ungieron.

El ruido tomaba características desproporcionadas. Los oradores arremetieron contra Petro y su gobierno en no menos de diez oportunidades, señalándolo de comunista. Y entre estas arengas, entre orador y orador, ponían el “Bella Ciao” —himno adoptado en Colombia, como un aliento para nuestra selección, pero que en realidad pertenece a la resistencia italiana antifascista, de 1943 a 1945—. Estos cantos, como lo explicamos con antelación, estimulan ese inconsciente colectivo. Luego, la palabra preferida por los turiferarios era la de tildar a Cepeda de guerrillero, militante de las FARC. En ese punto, el público gritaba a todo pulmón.

Ya casi entrada la noche, tomó la palabra el señor Abelardo; lo hizo acusando directamente al gobernador de Nariño, tratándolo de bandido y señalándolo, según sus palabras, de presionar a alcaldes y ciudadanos para que votaran en su contra, lo anterior, sin ningún juicio. Una intervención, a no dudarlo, muy propia de su carácter, si recordamos que en esta misma campaña señaló que, si quedaba de presidente, iba a destripar a todos los de la izquierda. Cambió su narrativa, sí, pero ¿cómo creerle su nuevo cuento, si este mismo señor se jactaba, riéndose, de que le ponía voladores a los gatos para que salieran volando por los aires? A no dudarlo, el corte del señor Abelardo es fascista. Eso de estar prometiendo megacárceles, al estilo salvadoreño, o desmantelar, minimizando el Estado, despidiendo miles de personas, como en la Argentina —de Milei—, demuestra su talante. Aunque son situaciones del todo inconstitucionales, todo para él se vale. Esto ocurre al utilizar este tipo de retórica para conseguir votos, inclusive cuando señala que va a comenzar a bombardear extensas zonas territoriales, no importando quién se le atraviese.

Para terminar: Este es un llamado a todos los del centro, a los indiferentes, a quienes piensan votar en blanco, a los ancianos, a los jóvenes. Es un deber ciudadano el votar masivamente por Iván Cepeda —un hombre decente hasta la médula, que no tiene nada de guerrillero. Antes, por el contrario, es filósofo y cuida de la vida, un caballero que nos recuerda a Carlos Gaviria Díaz—. Démosle a Colombia la oportunidad de avanzar en la paz. Regresar al pasado no es una opción válida.

Apostilla final: Este es mi último escrito de política partidista. Gracias por seguirme.

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