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Columna

El precio de una conciencia

“Cuando un ciudadano vende su voto, no vende solamente una marca en un papel. Vende una parte de su libertad...”.

José William Porras

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Hay quienes creen que una conciencia tiene precio.

La cambian por unos billetes arrugados, por una promesa pasajera, por un mercado que apenas alcanza para unos días o por un favor que se desvanece tan pronto se cierran las urnas. En ese instante, quizá sienten que han ganado algo. Pero lo que realmente han perdido es mucho más grande de lo que recibieron.

Cuando un ciudadano vende su voto, no vende solamente una marca en un papel. Vende una parte de su libertad. Renuncia al derecho de exigir, de reclamar y de señalar con dignidad a quienes incumplen sus promesas. Porque quien cambió su voluntad por dinero termina descubriendo que el dinero desaparece pronto, mientras los problemas permanecen.

Las calles continúan deterioradas. El empleo sigue siendo escaso. La inseguridad no desaparece. Los hospitales continúan llenos y las necesidades de las familias siguen golpeando las puertas de los hogares. Los pocos pesos recibidos se gastan en días; las consecuencias de una mala decisión pueden acompañar a toda una generación.

La democracia se construyó para que cada ciudadano tuviera una voz. Una voz humilde o poderosa, rica o pobre, pero igualmente valiosa. Por eso resulta tan triste ver cómo algunos convierten ese derecho en una mercancía. No comprenden que al vender su voto ayudan a crear el mismo sistema que después los olvida.

Los pueblos no se transforman cuando se venden las conciencias. Los pueblos cambian cuando sus ciudadanos entienden que su voto vale más que cualquier billete. Vale porque representa el futuro de sus hijos, la educación que recibirán, la seguridad de sus barrios y las oportunidades que tendrán para construir una vida mejor.

Quienes compran votos buscan aprovecharse de la necesidad. Quienes los venden, muchas veces, son víctimas de esa misma necesidad. Pero la pobreza no debe convertirse en una cadena que obligue a hipotecar el futuro. Al contrario, debe ser la razón para defender con más fuerza la libertad de decidir.

Dentro de unos años, cuando se recuerden estas elecciones, los billetes entregados habrán desaparecido. Nadie sabrá dónde terminaron. Sin embargo, el resultado de aquellas decisiones seguirá presente en el destino de la nación.

Por eso vale la pena recordar una verdad sencilla: el dinero puede comprar muchas cosas, pero jamás debería comprar la conciencia de un hombre libre.

Porque cuando se vende un voto, no se gana un beneficio; se pierde una oportunidad. Y cuando una nación pierde demasiadas oportunidades, el precio termina pagándolo todo un pueblo. Por ello no venda su conciencia por unos pesos, ella no tiene precio.

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