Los estudiosos contemporáneos del desarrollo han dado por superado el enfoque tradicional que vinculaba el crecimiento económico principalmente a la acumulación de capital y a las ventajas comparativas de los territoritos.
Autores como Vázquez Barquero proponen un modelo socioeconómico que impulsa el crecimiento de un territorio utilizando principalmente sus recursos, cultura y capacidades locales y que las decisiones, la economía y el liderazgo nazcan y se potencien desde adentro. Cuando un territorio prioriza la formación y especialización de sus ciudadanos y sus apuestas productivas, genera un proceso de acumulación de capacidades. Esto no solo incrementa la productividad marginal del trabajo, sino que estimula la innovación, gestiona el conocimiento y responde con pertinencia a sus demandas.
Profundizar en las competencias locales exige diseñar políticas públicas basadas en la cuádruple hélice: una gobernanza - entendida como un modelo de coordinación y toma de decisiones compartidas— donde la academia, el sector privado, el Estado y sociedad converjan y se sostenga en el tiempo. Los territorios que aspiren a una cohesión económica y social sostenible deben situar la gestión estratégica de su talento humano, incluso y muy importante, también, la proveeduría - en el centro.
Darle relevancia al talento local y a lo que se genera y hace desde lo local no puede ser un acto de generosidad; es, al contrario, un deber estratégico y hasta ético. Un territorio que prioriza la educación, la salud, la retención de su capital humano local y sus empresas, que amplía la estructura de oportunidades, quiebra con el ciclo de la dependencia y se convierte en espacio deseado para la inversión y dejar de competir únicamente por costos bajos. Subvalorar el talento y competencias propias perpetúa trampas de pobreza, incita la fuga quienes tienen altas capacidades, empobrece e informaliza la economía, alejando toda posibilidad de ser competitivos.
Hoy existe convergencia frente al entendimiento de que la competitividad sostenible, aquella capaz de lograr su fin mayor, que no es otro que permear a toda la población con calidad de vida, depende más de las capacidades de generar, afincar, potenciar, valorar y enaltecer el conocimiento y competencias territoriales. Esto aplica para todas las decisiones en todos los espacios de incidencia. Apostar en nuestra región por esto, más que una estrategia de desarrollo, es una decisión sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
