A permanente dicotomía me expongo en este espacio. En los años en que lo dejé me alivió alejarme de esta especie de superioridad moral que supone. Luego vino escribir ficción y un influencer cartagenero me hizo caer en cuenta que crear tiene el ego de Dios. Una crítica de la que no me aparto porque la superioridad, en todas sus formas, y especialmente la moral, me parece un defecto terrible, además, con el ego, estoy en negociaciones permanentes.
Aquí sigo, aunque no me sienta del todo cómoda haciéndolo por la censura implícita, descubrí durante el tiempo en que no lo hacía, que me estaba ahogando con tanta palabra atragantada.
Confundida, no sé que es peor. Si escribir con miedo, porque cada palabra tiene un peso que no siempre se tienen las fuerzas para cargar. O atorarme hasta morir asfixiada. No me decido. Hoy todo el mundo opina, dice cualquier cosa y defiende su “derecho a expresarse”, aunque lo haga mal e irresponsablemente. Uno siempre enunciándose como superior, cree que lo hace un poco mejor porque al menos trata de informarse bien, leer distintas posturas y de equilibrar lo que dice, en un intento por ejercitar la razón y de ser responsable con quien lee. Ahora todos quieren hablar al tiempo y decir lo primero que se les ocurra, o lo que es más lamentable, publicar lo que escribe la IA.
Hay temas que se autocensuran, porque vivimos en una sociedad que te cobra muy caro decir lo que piensas. Inclusive, aunque se escriba tibiamente como ahora lo hago, el abusador del poder lo cobra. La mayoría de las personas, si no todas, somos imbéciles al administrar el poder. Incomodar a un imbécil tiene la fuerza de cerrarte cualquier posibilidad de subsistencia, o lo que es peor, de apagarte la vida. Lo triste es que el poder lo otorga quien obedece, por lo que no sé si es peor el poderoso o el obediente, aunque a nadie se le debe juzgar por aferrarse a la vida o por evitar la violencia. Te preguntas entonces para qué seguir haciendo lo que tanto perjudica.
No sé qué voy a decidir, pero sí ha estallado una crisis. Con lo que me gusta la política, no escribí nada de las elecciones. Un hastío desquiciante hacia la mentira, y hacia ese ruido exterior contaminante. No, no me creo con ninguna superioridad moral, pero al menos trato de no engañarme a mí misma. Trato de seguir caminando para encontrar la verdad de las cosas que se esconde en el silencio más profundo.
Hoy oro por Venezuela, y quisiera hacer algo más por enfrentar la hipocresía del mundo, pero no encuentro la ruta. Mientras, Trump le envía millones de dólares de ayuda al país que intervino el pasado 3 de enero, y Abelardo no sabe cómo hará lo que vendió en campaña, siento que la fuerza de la resistencia se desmorona como un terremoto lo hizo con un país. Donde meto la nariz hay hipocresía.

