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Columna

Cuando las palabras se retiran

“La Constitución de 1991 vale porque conceptos como tutela, debido proceso o Estado social de derecho condensan experiencia histórica”.

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“Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”: Ludwig Wittgenstein.

Toda decadencia comienza antes de hacerse visible. No con la caída de las instituciones, sino donde las palabras dejan de nombrar con precisión. Antes de renunciar a la verdad, una sociedad ha renunciado a los matices. George Steiner lo llamó en 1961 ‘la retirada de la palabra’. Hoy la advertencia regresa con un giro, porque la palabra ya no se retira ante el silencio, sino ante su propia inflación.

Las grandes civilizaciones hicieron de la palabra un principio fundador, del logos griego al Génesis, donde nombrar es ya ordenar el mundo. Heidegger escribió que el lenguaje es “la casa del ser”; habitamos interpretaciones. La emoción se articula al encontrar nombre; la justicia, al volverse concepto. El lenguaje no traduce la realidad, la hace inteligible. Cada concepto perdido estrecha el campo de lo pensable.

Las lenguas mutan, su evolución no es decadencia. Lo grave surge cuando el eslogan sustituye al argumento. Orwell lo formuló en 1946: el pensamiento confuso y el lenguaje gastado se engendran mutuamente; su neolengua no buscaba embellecer el idioma, sino clausurar el pensamiento. La democracia exige razones, no fuerza. Donde el lenguaje pierde exactitud, la deliberación se degrada, el poder encuentra menos resistencia y el rótulo termina desplazando al argumento.

Esta época añade el desafío inverso, no de escasez sino de proliferación. La saturación obstruye el discernimiento tanto como el silencio.

Irrumpe la inteligencia artificial. Los modelos de lenguaje generan discursos coherentes, pero su potencia proviene del patrimonio verbal de generaciones humanas; son espejo de la lengua que les dimos. Generar lenguaje no es comprenderlo. Si delegamos en la máquina la redacción de nuestros argumentos mientras nuestra lengua pública se encoge, el espejo reflejará cada vez menos, y una ciudadanía que ya no redacta ni delibera recibe el discurso hecho, venga del algoritmo o del caudillo. La neolengua de Orwell necesitaba un ministerio; la nuestra puede instalarse sola, por desuso de la palabra propia.

El derecho ilustra lo que está en juego. La Constitución de 1991 vale porque conceptos como tutela, debido proceso o Estado social de derecho condensan experiencia histórica. Los clásicos lo dijeron en latín: el derecho es ipsa res iusta, la cosa justa hecha palabra. Debilitar el lenguaje público es erosionar ese pacto.

La pregunta decisiva no es si la inteligencia artificial pensará como nosotros, sino si nosotros seguiremos pensando con la riqueza que la hizo posible. Toda época decide qué herencia entrega. Algunas legan murallas, y Cartagena sabe que la piedra guarda la gloria y la herida; las más afortunadas transmiten una lengua capaz de contener lo humano. Los límites del lenguaje siguen siendo los de nuestro mundo; en la era de la inteligencia artificial, serán también la medida de nuestra libertad, porque donde las palabras se retiran no avanza el silencio: avanza el poder sobre una ciudadanía que ha perdido los nombres para reconocerlo y los argumentos para resistirlo.

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