El grito en el cielo ya es un lugar común en las tertulias futboleras. Desde que la FIFA anunció que la Copa del Mundo de 2030 se disputará en seis países y tres continentes, la narrativa del “caos” y la “locura de Infantino” se tomó las portadas. Sin embargo, para quienes preferimos escarbar en el archivo de la geopolítica y las finanzas del balón antes de lanzar juicios sumarios, la realidad es muy distinta. No estamos ante un ataque de demencia institucional; estamos presenciando el inevitable matrimonio entre la nostalgia histórica y el pragmatismo económico del siglo XXI.
Desmitifiquemos el asunto: las sedes oficiales del Mundial 2030 son solo tres: España, Portugal y Marruecos. Un eje mediterráneo compacto, con infraestructura de punta y que une de manera lógica a la UEFA y a la CAF (la Confederación Africana de Fútbol). El rompecabezas se amplía a Sudamérica por una hermosa e ineludible deuda histórica: celebrar los 100 años de Uruguay 1930 en su cuna original.
Como la escala de un torneo moderno de 48 equipos desborda por completo la capacidad hotelera y logística de Uruguay en solitario, la FIFA ideó una solución salomónica. Los tres partidos inaugurales se jugarán en el mítico Estadio Centenario de Montevideo, en Argentina y en Paraguay. Tres partidos conmemorativos con un cronograma de viajes fríamente calculado para que las selecciones vuelen a Europa con días suficientes de descanso. Sí, Chile pagó los platos rotos de la poda logística y fue excluida de forma inexplicable en los escritorios de la CONMEBOL, pero el plan general dista mucho de ser un caos impracticable. Es, simplemente, el fin definitivo de los mundiales de un solo país, un lujo reservado únicamente para autocracias petroleras con chequeras infinitas.

Argentina: La jerarquía que nos obligó a callar
Juan Dosa AcevedoY aquí es donde el panorama se pone interesante para nosotros, especialmente si miramos de reojo el persistente rumor de que la FIFA podría terminar ampliando el formato a 64 equipos en el mediano plazo.
Para la Selección Colombia, un panorama de 48 o 64 participantes altera drásticamente las matemáticas de la eliminatoria. Sudamérica, que históricamente ha sido un embudo implacable, pasará a entregar cupos casi que por inercia. Bajo ese escenario hiperinflacionario del fútbol global, ir al Mundial dejará de ser una hazaña para convertirse en una obligación administrativa de mínimos.
Seamos claros y autocríticos desde la tribuna patria: si con un Mundial de 48 o 64 equipos la Selección Colombia llega a quedarse por fuera de la cita orbital, ya no podremos culpar a la mala suerte, a los arbitrajes o al “clima de Barranquilla”. Quedar eliminados en un formato tan generoso sería la prueba reina e inapelable de que nuestro fútbol local y nuestra estructura técnica necesitan una refundación absoluta y urgente desde la base. Sería tocar un fondo del que costaría décadas recuperarse.
El fútbol cambió. La nostalgia de las sedes románticas y los torneos exclusivos del siglo XX es un grato recuerdo de archivo. El Mundial del futuro es una maquinaria transatlántica, masiva y descentralizada. A la FIFA no se le zafó un tornillo; simplemente entendió que el negocio y la historia ahora se juegan a otra escala. A nosotros nos queda adaptarnos al nuevo tablero o, en el peor de los casos, mirarlo por televisión con la vergüenza de no haber podido clasificar a una fiesta donde ya invitan a casi todo el mundo.
