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Columna

Nuestra Selección de Fútbol

“Los países también necesitan creer en los imposibles. Necesitan motivos para sonreír, para reencontrarse consigo mismos...”.

José William Porras

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Ya no seremos campeones. La Copa ya no llegará a nuestras manos. El fútbol, como la vida, no siempre premia al que más sueña; sin embargo, esta Selección nos ha regalado algo mucho más valioso que un trofeo: nos devolvió la ilusión de sentirnos un solo país.

Durante muchos años Colombia ha cargado el peso de la violencia, de la delincuencia organizada y común, de las dificultades económicas, de la incertidumbre y de las noticias que con frecuencia parecen robarnos la esperanza. Es un cansancio silencioso que todos conocemos, porque lo vivimos cada día.

Pero cuando juega nuestra Selección ocurre algo extraordinario. Volvemos a abrazar a desconocidos como si fueran amigos de toda la vida. Cantamos el Himno Nacional con un nudo en la garganta. Gritamos los goles hasta quedarnos sin voz. Por 90 minutos desaparecen las diferencias políticas, sociales, económicas o regionales. Solo existe una camiseta, una bandera y un sentimiento compartido. Eso no tiene precio.

Esta generación de futbolistas nos recordó que los colombianos todavía somos capaces de emocionarnos juntos. Nos enseñó que la esperanza también se entrena, que el optimismo también se contagia y que un país puede reencontrarse alrededor de un sueño común.

No importa si el campeonato termina sin levantar la copa. Hay victorias que no aparecen en las estadísticas y que ningún marcador puede medir.

La verdadera victoria fue devolvernos la sonrisa fue permitir que millones de colombianos nos acostáramos pensando exactamente en lo mismo, con el corazón latiendo al mismo ritmo.

Gracias, Selección.

Gracias no solamente por los resultados, sino por recordarnos que aún sabemos creer, que todavía podemos ilusionarnos y que seguimos siendo un pueblo capaz de unirse cuando encuentra un motivo para hacerlo.

Voy a extrañar esta versión de Colombia. La que canta. La que abraza. La que sueña.

La que celebra sin preguntarle al otro por quién vota, de dónde viene o cuánto tiene.

La que recuerda que, cuando juega nuestra Selección, late un solo corazón.

Ojalá esa Colombia no desaparezca cuando termine el torneo. Ojalá aprendamos que la unidad, la solidaridad y la esperanza no deberían durar únicamente lo que dura un partido de fútbol.

Los países también necesitan creer en los imposibles. Necesitan motivos para sonreír, para reencontrarse consigo mismos y para recordar que, unidos, siempre serán más fuertes que divididos.

Esta vez no fuimos campeones. Pero ya ganamos algo inmenso. Recuperamos la esperanza.

Y mientras un pueblo conserve la esperanza, jamás estará derrotado.

Que Dios bendiga a nuestra Selección y que Dios bendiga siempre a Colombia.

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