Se da por sentado que obedecer es signo de debilidad; obediencia (del latín oboedientia). Obedecer no es ser sumiso y obediente es un acto de inteligencia. Se puede también decir que ser dócil es un valor importante, no necesariamente ser débil; obedecer y ser dócil para la sana convivencia son actitudes de inteligencia y madurez ciudadana. El carácter de ser dominado y dominar patológicamente es lo contrario. Cuando tenemos personas asertivas a nuestro alrededor, personas agradables con energía positiva, vivir en convivencia, a pesar de pensar diferente son ambientes generadores de paz, salud emocional, mental y social. Contrario es desobedecer sin los mínimos de sensatez y mucho menos con soberbia y arrogancia. ¿A qué viene todo esto? A que se considere desobediencia civil cuando no existen los motivos civiles y de orden institucional para que se dé una reacción destructiva. ¿Estoy negando las brechas sociales y las injusticias? No. Y, mucho menos al pensamiento crítico. Mas bien lo contrario, insisto en que, si tenemos un gobierno sano mental y espiritualmente trabajando con personas competentes y que prestan sus servicios intelectuales, técnicos y profesionales para sacar adelante la economía, la paz, seguridad, educación y salud para todo un pueblo, debemos aportar cada uno desde nuestro mundo y obedecer la ley y las disposiciones del gobierno de turno. No estoy haciendo apología a la tiranía, por el contrario, el diálogo es la única herramienta que tenemos para que quienes estemos de un lado o del otro representados en los poderes republicanos, podamos llegar a consensos. Es un despropósito llamar a una desobediencia civil, ampliamente explicado por constitucionalistas e historiadores, pero quiero detenerme en algo importante. Existe la obediencia a las leyes, a la fe, a la civilidad, a la familia y hasta las normas de tránsito si no fueran todo un caos. “La gente obedece viendo lo que hacen los demás, imitándolos, tanto cuando obedecen como cuando desacatan”. Antes de perder el juicio de Mauricio García V., pregunto: ¿cuántos millones de personas que nunca estuvimos de acuerdo con el gobierno destructivo de Gustavo Petro dejamos de pagar impuestos, salimos a acometer desmanes y reventar el bien común? Razones de sobra hubo, pero nos comportamos como gente sensata. La izquierda perdió una gran oportunidad de gobernar, deben tener coherencia, cordura, sensatez y entender que perdieron el Poder Ejecutivo, no el parlamentario, y si aspiran alguna vez a regresar, que sea con una actitud civilizada; y este gobierno de derecha debe rescatar al pobre y menos favorecido de la miseria.
Son obligaciones históricas, no son pretensiones personales, mucho menos doctrinas cerradas en el extremo político. La democracia está en riesgos, los algoritmos y la propaganda nos están ‘hackeando’ el cerebro, el ánimo y el pensamiento. Las regiones coordinen las buenas intenciones del presidente De La Espriella, para sacar este país del atolladero en que lo recibe. ¿Qué puedo hacer por mi país? Esa es la cuestión.
