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Columna

Solo hace falta una oportunidad

Mi historia no es una excepción. Es la demostración de que cuando el talento encuentra una oportunidad, los sueños dejan de ser una ilusión para convertirse en realidad.

Wilson Ruiz

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Hay momentos en la vida en los que una sola oportunidad puede cambiarlo todo. No hacen falta privilegios ni apellidos ilustres; basta con que alguien crea en las capacidades de una persona y le abra una puerta para demostrar de qué está hecha.

Eso representa para mí el Banco de Talento anunciado por el gobierno entrante del presidente electo Abelardo De La Espriella. Es una iniciativa que merece reconocimiento porque envía un mensaje que Colombia necesita volver a escuchar: el mérito sí importa, el estudio sí vale la pena y el talento debe encontrar oportunidades.

Vivimos en un país donde abundan las personas con capacidades, con deseos de salir adelante y con la voluntad de construir un mejor futuro para sus familias. Sin embargo, durante muchos años muchos sintieron que el esfuerzo no bastaba, que estudiar no era garantía de nada y que el acceso a un empleo dependía más de los contactos que de las capacidades. Esa sensación ha desmotivado a generaciones enteras y ha debilitado la confianza en el mérito como principio fundamental de una sociedad justa.

Siempre he defendido que la educación es la mayor herramienta de transformación social. Ninguna reforma tiene un impacto tan profundo como aquella que les permite a las personas estudiar, crecer y competir en igualdad de condiciones. La educación no solo transmite conocimientos; abre caminos, rompe barreras y demuestra que el origen de una persona no determina su destino.

Lo afirmo porque tuve la fortuna de vivirlo. Nací en una familia humilde en Florida, Valle del Cauca. Desde muy pequeño entendí el valor del trabajo. Mientras otros niños jugaban, yo recorría las calles vendiendo dulces para ayudar en mi hogar. Aquellas jornadas me enseñaron la disciplina, la responsabilidad y el valor de ganarse las cosas con esfuerzo.

Pero también comprendí que trabajar era importante, aunque estudiar sería la decisión que transformaría mi vida. Cada libro, cada examen y cada sacrificio académico fueron abriendo puertas que parecían imposibles. Gracias al estudio, al mérito y a la perseverancia pude convertirme en abogado, realizar estudios de posgrado y doctorado, dedicar buena parte de mi vida a la docencia y tener el honor de servir a Colombia como magistrado, presidente del Consejo Superior de la Judicatura y ministro de Justicia.

Mi historia no es una excepción. Es la demostración de que cuando el talento encuentra una oportunidad, los sueños dejan de ser una ilusión para convertirse en realidad.

Colombia no tiene un problema de falta de talento; tiene un problema de falta de oportunidades. Cada año miles de profesionales culminan su formación con enormes sacrificios personales y familiares. Solo en 2024 se graduaron cerca de 39.300 colombianos con título de maestría y más de 1.300 con doctorado, una cifra que demuestra el crecimiento del capital humano altamente calificado del país. Sin embargo, muchos de ellos terminan enfrentando un mercado laboral que no aprovecha ese conocimiento, mientras otros cargan durante años con las deudas adquiridas para estudiar. El propio ICETEX ha financiado la formación de miles de profesionales y posgraduados, pero para muchos esa inversión terminó convirtiéndose en una pesada obligación económica, sin que existieran las oportunidades laborales que les permitieran desarrollar todo su potencial. Un país no puede permitirse que el conocimiento permanezca archivado en una hoja de vida ni que quienes hicieron el esfuerzo de prepararse queden condenados a cargar durante años con una deuda educativa sin encontrar oportunidades acordes con su formación. Invertir en el talento de los colombianos siempre será una inversión en el futuro del país.

Por eso celebro el Banco de Talento. Porque detrás de cada hoja de vida hay una historia de esfuerzo. Hay padres que hicieron enormes sacrificios para pagar la universidad de sus hijos, jóvenes que estudiaron de noche mientras trabajaban durante el día y profesionales que nunca dejaron de prepararse esperando la oportunidad que les permitiera demostrar de qué eran capaces.

El gran reto será que esta iniciativa conserve siempre su esencia. Debe consolidarse como un mecanismo serio, transparente y basado exclusivamente en el mérito, donde las capacidades, la formación y la experiencia sean los únicos criterios para abrir las puertas del servicio público.

Estoy convencido de que ese es el camino correcto. Colombia necesita recuperar la cultura del esfuerzo. Necesita que nuestros jóvenes vuelvan a creer que estudiar vale la pena, que prepararse tiene sentido y que el talento puede abrir más puertas que cualquier recomendación.

Una oportunidad puede cambiar el rumbo de una vida. Puede transformar una familia y abrir un nuevo futuro para las generaciones que vienen detrás. Yo tuve esa oportunidad gracias al estudio y al trabajo. Miles de colombianos también la merecen.

El gobierno del presidente Abelardo De La Espriella está enviando un mensaje poderoso al país, las oportunidades no dependerán de a quién se conoce, sino de lo que cada persona es capaz de aportar. Porque los países más prósperos no son los que reparten privilegios. Son los que descubren el talento, lo impulsan y le dan la oportunidad de servir. Ahí comienza el verdadero cambio.

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