Un pensador de ciudad me dijo, en un almuerzo, que los propósitos de Cartagena estaban fragmentados. No le presté mayor atención al principio, pero después caminé sus calles con esa frase rondando y encontré evidencia razonable de que tenía razón: turismo, gestión ambiental, infraestructura vial y cada administración distrital operan con calendarios propios y escasa coordinación formal entre ellos.
Konrad Lorenz advertía que la ceguera del alma ante lo bello es una enfermedad que nos vuelve insensibles ante lo éticamente odioso. Esa idea ayuda a entender lo que está en juego en el debate reciente, protagonista de un reciente editorial de El Universal, sobre la avenida Santander.
El diálogo visual entre las murallas y el mar no es un capricho estético, es parte de la misma discusión sobre qué ciudad queremos sostener frente al cambio climático.
El ascenso del nivel del mar en Cartagena -4,12 mm/año, por encima del promedio global del IPCC- y los retrocesos de costa de 10 a 30 metros documentados tras los últimos frentes fríos afectan por igual a la infraestructura turística, vial y residencial del litoral.
Es una amenaza que no reconoce límites administrativos ni sectoriales: quizás el primer propósito genuinamente compartido de esta ciudad. La Avenida Santander no es solo una vía: es el corredor donde las murallas y el mar dialogan frente a los ojos de quien la recorre, y esa relación visual es parte del patrimonio de Cartagena.
Pero cabe una pregunta igualmente válida: ¿Hasta qué punto las estéticas y anhelos particulares buscarán forzarnos a sacrificar las necesidades para la adecuada defensa costera?
Defensa Costera 2050 sugiere que no hace falta elegir: contempla una segunda fase híbrida -relleno de playa, dunas vegetadas con especies nativas- capaz de devolver la continuidad visual sin renunciar a la protección; y ojalá su cronograma se comunique y se comente con la misma claridad que ya tiene el diagnóstico hidrodinámico.
La adaptación climática no resuelve por sí sola la fragmentación de esta ciudad, pero sí ofrece un terreno de coordinación con menor carga de conflicto que la mayoría de los asuntos de agenda urbana; pues hay muchos temas que permiten debatirse con democracia y con tiempo, pero la naturaleza no espera a nadie.
Instrumentos como la autoridad ambiental regional y el Distrito ya existen; la tarea es dotarlos de mayor continuidad. No es una apuesta ideológica: es una oportunidad de gestión pública que conviene perseguir con el mismo rigor con que se diseña la obra misma.
*Secretario de Infraestructura de Cartagena.
