Promediaban los electrizantes años 70 cuando estudiantes de Medicina de la Universidad Cartagena iniciamos rotación de ginecobstetricia en la Clínica de Maternidad ‘Rafael Calvo’, que ofrece a la comunidad sala de parto, urgencias, consulta externa, hospitalización, cirugía. Nos esperaba la bata blanca inmaculada del doctor Alberto Zabaleta Lombana, quien hace parte de la ‘Galería de Maestros Inolvidables’. Nacido en Turbaco, en abril 9 de 1923, a los 101 años se marchó rumbo al infinito donde, con absoluta certeza, supervisa, desde allá en las nebulosas, el parto de las estrellas. Pionero del exitoso programa ‘Planificación familiar’, se destacó no solo por su solida calidad científica, también por su don de gente, puntualidad, respetuoso, sensible, solidario.
Jamás olvidaré aquella ronda matutina cuando evaluó una paciente de 15 años, ocho semanas de gestación, quien, acompañada por su compungida madre, acudió a urgencia: amenaza de aborto. El maestro, después de escuchar la historia clínica, le declamó al oído versos del canta-autor argentino Facundo Cabral: “Cada mañana es una buena noticia, cada niño que nace es una buena noticia, cada hombre justo es una buena noticia”, y como por arte de magia, aquella joven acorralada recuperó la sonrisa, floreciendo luces de esperanza. Zabaleta Lombana, maestro de maestros, sabía que la palabra del médico tiene poderes infinitos, capaz de restaurar el respeto incondicional a la vida, preservando los designios del Supremo Hacedor.
- “Acaricia al hijo que reposa en tus entrañas benditas, cántale dulcemente, hazlo sentir dueño de la luz, jamás de las tinieblas”, y, dirigiéndose a nosotros, testificó: - “El ser humano debe su grandeza a la extrema invalidez cuando se gesta y nace, urgido de protección y caricias; somos extremadamente frágiles al abandonar el cómodo vientre materno, por lo que el respeto, sin mácula a sus Derechos, construye su mayor fortaleza y nosotros, los médicos, hacemos parte de la legión de ‘El Angel de la Guarda’, para continuar invictos a pesar de aparente fragilidad de aquella criatura de luz y esperanza por obra y gracia de afectos maternos, ungido en la fortaleza inexpugnable de su vientre bendito y la cuna de sus brazos, que aguardan para colmarlo de besos y caricias”.
Antes de culminar aquella proclama de ciencia y conciencia, el dr. Zabaleta sembró entre nosotros semillas de dignidad, utilizadas a lo largo y ancho de la vida, impronta del auténtico quehacer médico, convencido de que nos germinarían descomunales alas, exigiendo respeto a la dignidad del Ser Humano, pilares sobre los cuales se edifica el carácter hipocrático: ‘Primum non nocere’: ‘Lo primero es no hacer daño’, aseverando que aquellas simientes son sagradas, únicas e irrepetibles, obligándonos a fortalecer el autoestima a lo largo y ancho de los caminos.
El maestro Zabaleta, inquebrantable ‘gestor de vida’, guardó prudente silencio verificando que sus palabras hicieran blanco en nuestras almas, más allá del diploma, mientras se alejaba silencioso, dejando su impronta imborrable que acompaña a todo aquel privilegiado de ser su discípulo. ¡Gracias Maestro! Solo mueren aquellos que se olvidan.

