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Columna

La sombra tras la muerte del coronel Dávila

“Considero indispensable que el nuevo gobierno procure la reapertura del caso del coronel Dávila y, si la petición no es atendida, acuda a la Corte Penal Internacional”.

Christian Ayola

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La muerte del coronel Óscar Dávila, presentada oficialmente como un suicidio, no puede ser reducida a una explicación simplista. Mi experiencia de más de 40 años en el ejercicio de la psiquiatría clínica y forense, con cientos de casos de intentos de suicidio atendidos y decenas de pacientes que finalmente consumaron el acto, me permite afirmar que este caso exige un análisis integral que trascienda la narrativa oficial.

La hipótesis de suicidio ha sido desacreditada por diversas voces; entre ellas, Angie Rodríguez, quien estuvo hasta hace poco en el corazón del poder y está destapando la cloaca al interior del gobierno saliente. Sus denuncias públicas cuestionan la versión institucional y refuerzan la idea de que la muerte del coronel Dávila no puede analizarse únicamente desde la narrativa oficial, sino que exige un examen más amplio que considere los intereses políticos y criminales que pudieron estar en juego, y señalan la necesidad imperativa de reabrir el caso.

Desde la perspectiva de la autopsia psicológica, el examen detallado de las actividades de la víctima y del minuto a minuto previo al hecho revela inconsistencias que debilitan la hipótesis de suicidio. El coronel se encontraba inmerso en un entorno marcado por presiones institucionales, tensiones políticas y fuertes intereses criminales que intentaba poner en conocimiento de la Fiscalía, como se lo reveló a varias personas. Había pagado 50 millones de pesos a un reconocido abogado penalista; es claro que se estaba preparando para su defensa y no para evadirla. En ese contexto, un suicidio resulta poco probable y la teoría del caso que lo apoya, poco convincente.

La comparación con el expediente del fiscal Alberto Nissman, en Buenos Aires, es inevitable. Ambos fueron presentados inicialmente como suicidios, ambos estaban vinculados a investigaciones sensibles y en ambos se identifican figuras de confianza con acceso privilegiado: en el caso de Dávila, el conductor; en el de Nissman, su secretario. La reapertura del caso Nissman nos enseña que la verdad judicial puede evolucionar cuando se cuestiona la versión inicial y se examina el contexto en su integridad.

Desde una perspectiva forense, criminológica y psicológica, la hipótesis de homicidio disfrazado de suicidio cobra fuerza y no puede ser descartada. La presión institucional y mediática, y la posibilidad de intereses externos en silenciar voces incómodas, constituyen factores que deben ser investigados con mayor rigor. Por estas razones, considero indispensable que el nuevo gobierno procure la reapertura del caso del coronel Dávila y, si la petición no es atendida, acuda a la Corte Penal Internacional. La búsqueda de la verdad exige pensamiento crítico, que examine el hecho en su integridad, y pensamiento divergente, que explore hipótesis alternativas más allá de la versión oficial.

*Psiquiatra.

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