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Columna

Formar para la verdad

“El valor irremplazable del oficio no radica en el soporte ni en la habilidad para viralizar anécdotas, sino en el método: la paciencia para contrastar versiones, el rigor para seguir la pista a los recursos públicos...”.

Javier Ramos Zambrano

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“El periodismo solo puede vivir en condiciones democráticas, en sociedades que admiten la crítica y la denuncia, y que no temen la disparidad de opiniones”, afirmó este viernes Jan Martínez Ahrens, director de EL PAÍS, durante el Festival de las Ideas. La premisa apunta a que el periodismo no solo requiere que se tolere la discrepancia, sino instituciones y garantías que permitan investigar, publicar y cuestionar al poder sin represalias. Cuando ese entorno se debilita, el debate público pierde su brújula y la ciudadanía queda a merced de la propaganda.

La semana pasada, un colega me preguntaba que, ¿para qué insistir en formar periodistas si los medios están en crisis? Y es que, ante la escasez de oportunidades en salas de redacción formales algunos terminan creando un portal en redes sociales para publicar riñas, accidentes de tránsito, boletines de prensa y escándalos del día, con la esperanza de arañar seguidores que luego puedan traducirse en unos cuantos pesos de anunciantes locales. La crisis, sin embargo, no significa que haya menos necesidad de información, lo que hay que entender es que cambió radicalmente la forma de producirla, distribuirla y financiarla.

A ese extravío le puso nombre Martínez Ahrens en su intervención: “Otros creyeron salvarse con el clickbait, se volvieron esclavos de la información basura y de un algoritmo cuyas reglas ni siquiera conocían bien. Y confundieron el clic con la lectura”.

Si ser periodista consistiera simplemente en abrir una cuenta en Instagram, subir videos estridentes o usar aplicaciones para redactar resúmenes automáticos o copiar y pegar los boletines de prensa, las facultades de Comunicación Social tendríamos poco que aportar, que una plataforma o una herramienta tecnológica no pudiera resolver. Todo eso lo puede hacer cualquiera sin pisar una universidad. El valor irremplazable del oficio no radica en el soporte ni en la habilidad para viralizar anécdotas, sino en el método: la paciencia para contrastar versiones, el rigor para seguir la pista a los recursos públicos, la responsabilidad de no difamar y la independencia para no subordinar el criterio a un interés político ni a la tiranía del algoritmo.

En ese escenario irrumpe la inteligencia artificial, capaz de procesar datos masivos y optimizar tareas de investigación. Pero la herramienta no tiene criterio ético propio; ese discernimiento sigue siendo responsabilidad del profesional.

La pregunta, entonces, no es si vale la pena formar periodistas. Es qué periodistas debemos formar para un ecosistema en el que cualquiera puede publicar, un algoritmo decide qué vemos y una inteligencia artificial puede fabricar información en segundos. Ante esa marea, insistir en el rigor, el método y la ética en las aulas es una de las defensas más urgentes que le quedan a la vida democrática.

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