Así como viene la vida en la humanidad y el país, hay realidades que nos parecen imposibles; una de ellas, el perdón de verdad, sean las que sean las ofensas o las acciones maléficas. Los evangelios que se han leído en la liturgia de la Santa Iglesia estos últimos días nos han ubicado frente a la urgente necesidad del perdón para los y las seguidores de Jesús, el Señor y Cristo. Y en contraste con la consabida ley del ‘Ojo por ojo y diente por diente’, se nos enfrenta a la necesidad y posibilidad de perdonar sin límites. Si ello no es así, es cuestionable nuestra real condición de discípulos del maestro Galileo.
A los diversos grupos religiosos de la época de Jesús les causaba sorpresa que tuviera el poder de perdonar y de declarar que pecadores, hombres o mujeres reconocidos por tales, se “fueran en paz”, porque sus pecados habían sido perdonados y al mismo tiempo se les reconociera su fe o su capacidad de amar mucho (Lc 7,47). Es posible que una humanidad que se está montando sobre la guerra como medio de lograr objetivos de control sobre los pueblos, o de los grupos al interior de otros, considere que es imposible el perdón como urgencia y sigamos condenados a la barbarie que no se pregunta por esa dignidad inviolable de los seres humanos que el papa León XIV está reclamando desde su encíclica ‘Manifica humanitas’.
Las heridas que tenemos en el alma no cicatrizan, dice un canto vallenato tradicional. Y esas cicatrices son las causadas por la codicia, la avaricia, la mentira, el juicio inicuo, el engaño, el uso desorbitante del lenguaje que miente y calumnia sin misericordia. Y hasta en las instituciones que deben ser modelo de ponderación en las discusiones y de sensatez en las decisiones, somos testigos inermes del rascar continuo de heridas que por esta razón no son posibles de cicatrizar.
Pero esto que parece imposible a nivel institucional, o de los gremios, puede ser posible si crece la conciencia en cada creyente, del urgente compromiso con el perdón sin límites, con la bondad y la benevolencia que reconocen el propio error y llegan a autoperdonarse el haberse dejado herir de manera intensa.
El Evangelio no es un lindo relato para recordar, sino un desafío al amor sin límites, a la posibilidad del perdón aun a los enemigos, y a la reconciliación, aunque las heridas parezcan no querer cicatrizar. De todas maneras, la propuesta de Jesús de Nazaret con relación al Reino es contraste ante toda negación de la bondad humana y del amor de Dios, que se ha inscrito en nuestros corazones por la acción del Espíritu. Asumamos el perdón y curemos heridas, aunque ello nos parezca complejo y difícil, porque en términos de la buena nueva del Evangelio, lo imposible es posible.
