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Columna

Lluvia de ignorancia

Durante años entrenamos a la inteligencia artificial con nuestra manera de escribir, de hablar y de pensar.

ANTONIO BOZZI BUSTILLO

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Hay gente con tres títulos universitarios que ya pertenece al nuevo analfabetismo. No porque no sepa leer ni escribir, sino porque ya no sabe pensar sin preguntarle primero a la inteligencia artificial. Suena duro, pero cada día veo más señales de esa epidemia silenciosa. El filósofo Byung-Chul Han la llama descarga cognitiva, entregar a una máquina procesos mentales que antes nos obligaban a analizar, dudar, conectar ideas y construir criterio.

En otras palabras, dejar de usar el cerebro porque alguien o algo, ya lo usa por nosotros.

Y eso, en educación, ya empezó a pasar. Conozco docentes que entregan planificaciones tan impecables que parecen escritas por un doctor en Educación de Harvard. Objetivos perfectos. Estrategias innovadoras. Evaluaciones de primer nivel. Uno las lee y hasta provoca premiarlos con un viaje todo incluido al Festival Vallenato, en el Valle del Cacique Upar. Pero basta que un estudiante haga una pregunta que no estaba prevista para que el castillo de naipes o de arena se venga abajo. La planificación no salió de su cabeza, salió del mismísimo ChatGPT.

Y también veo estudiantes. Ya parezco Beto Zabaleta cantando Lluvia de Mujeres: “y también veo...” Ensayos impecables, vocabulario refinado, argumentos brillantes y citas perfectamente organizadas. Pero uno les pide que expliquen con sus propias palabras lo que supuestamente escribieron y se quedan mirando el techo, como esperando que el Wi-Fi les sople la respuesta. Estamos confundiendo entregar con aprender, y esas dos cosas no son ni serán nunca lo mismo.

La inteligencia artificial puede escribir un ensayo, diseñar una clase o redactar un informe con una velocidad impresionante. Lo único que no puede hacer es aprender por nosotros. Aprender duele. Pensar cansa. Escribir cuesta. Preparar una buena clase exige horas de lectura, de ensayo, de equivocaciones y de correcciones. Ese esfuerzo no es un defecto del sistema educativo, es precisamente el proceso mediante el cual se forma el criterio. ¡Ay, papá! Si también le entregamos ese proceso a una máquina, ¿qué nos queda por aprender?

Lo preocupante es que estamos entrando en una inversión histórica. Durante años entrenamos a la inteligencia artificial con nuestra manera de escribir, de hablar y de pensar. Ahora empieza a ocurrir exactamente lo contrario. Ya no es la inteligencia artificial la que escribe como nosotros, aja si exactamente… somos nosotros los que comenzamos a escribir como ella. Todos usamos las mismas expresiones, las mismas estructuras y hasta las mismas conclusiones. Todo parece brillante, pero cada vez se siente más uniforme y menos humano.

La verdadera batalla de esta década no será entre seres humanos e inteligencia artificial. Será entre quienes todavía sepan pensar y quienes solo sepan hacer buenos prompts, entre quienes hayan construido criterio y quienes apenas sepan fabricar apariencias. Porque tarde o temprano llega el día en que no hay internet, no hay ChatGPT y no hay tiempo para preguntarle a nadie qué hacer. En ese instante quedará al descubierto quién estudió de verdad... y quién se pasó la vida pantallando.

Porque cuando una sociedad deja de pensar por sí misma, tarde o temprano termina creyendo cualquier cosa. Y cuando eso ocurre, ya no cae Lluvia de Mujeres, como cantaba Beto Zabaleta.

Empieza a caer Lluvia de ignorancia.

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