Sea cual fuere la Ideología -izquierda, centro o derecha-, jamás justifica el sacrificio de vidas humanas. En Colombia, como en numerosos países, la tragedia entre hermanos, Caín y Abel, se repite, cada vez con mayor efervescencia y crueldad, sobre todo cuando de política y elecciones se trata.
El relato bíblico del Génesis sobre el primer fratricidio simboliza envidia y traición entre hermanos, eliminando rivales fruto de envidia y celos que desmigajan lazos de sangre, incinerando cunas, escuelas, iglesias, hospitales y sonrisas, tozudas estadísticas: 120 millones de personas en el planeta obligadas a abandonar hogares, refugios y cosechas; niños huérfanos creciendo entre ruinas, hambruna y miedo, empapados en pólvora. La guerra jamás ha sido victoria, siempre derrota física y moral, pero la repetimos tercamente. Jesús de Nazaret conoció la crueldad de aquellos que respondieron con torturas y crucifixión a su mensaje de amor, justicia y misericordia, faro de la humanidad renuente a seguir la luz, prefiriendo las tinieblas, oídos sordos a la advertencia de Mahatma Gandhi: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”; junto a Martin Luther King Jr: “Solo la luz puede derrotar la oscuridad”; y Albert Einstein: “La paz no se obtiene por la fuerza bruta, se logra respetuosamente”.
Los colombianos, como perros y gatos, si que conocemos el altísimo precio de la violencia: millones desplazados por reyertas entre hermanos, extorsiones y secuestros, herencia de Caínes criollos a sabiendas de que ningún interés económico ni ideológico justifica el sacrificio de la vida humana entre las fauces de la ambición, atizando guerras, sembrando odio, hambruna y miseria, convirtiendo la dignidad humana en ‘Carne de cañón’, avaricia, persecución ideológica, miles de civiles asesinados en medio de reyertas comandadas por Caines de todas las filiaciones y pelambres, decapitando dientecitos de leche, arrugas de abuelos y viudas inermes, agotando caudales de lágrimas, volviendo cenizas escuelas, hospitales, puentes, viviendas; ocasionando heridas profundas en cuerpo y alma, mientras líderes mansos predican, a los cuatro vientos, la convivencia sin deshollejar al contrario por razones económicas e ideológicas, oídos sordos a las bienaventuranzas.
La Democracia con justicia social es el camino en dirección correcta, sin embargo, los colombianos, después de 80 años soportando las atrocidades de Caín, no logramos jubilarlo: está más vivo y despiadado que nunca, y seguimos pagando altísimo precio producto de guerras fratricidas, oponiéndonos a ideologías totalitarias, intereses económicos, sacrificio de vidas humanas y preferimos alejarnos del arsénico dictatorial que pulverizó sueños democráticos en Venezuela, Cuba y Nicaragua, comandados por líderes grotescos que fabrican trampas y emboscadas ideológicas, desmigajando nidos, marchitando el alma. ¿Quién lo duda? Hay que jubilar a Caín. Comienza por tu casa.
