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Columna

De regreso a casa

“Quizá esa sea la tragedia de nuestro tiempo: correr detrás de un éxito que siempre parece estar un poco más adelante, mientras vamos dejando atrás aquello que, al final, era lo único verdaderamente importante”.

Diana Martínez Berrocal

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Hay libros que envejecen; otros esperan siglos hasta que la humanidad está preparada para volver a entenderlos. Tal vez por eso ‘La Odisea’, de Christopher Nolan, ya consiguió algo que la justifica: hacer que millones de personas vuelvan a hablar de Homero.

Siempre nos dijeron que ‘La Odisea’ era la historia de un héroe que luchó contra cíclopes, sirenas y dioses para regresar a Ítaca. Creo que nos la contaron mal. ‘La Odisea’ no es una historia de guerra, es el mapa del alma humana. Homero nunca escribió sobre monstruos. Escribió sobre nosotros.

Ítaca estaba a pocos días de navegación; sin embargo, Odiseo tardó diez años en volver. No porque el mar fuera inmenso, sino porque el verdadero viaje ocurría dentro de él. Cada prueba era una batalla contra sí mismo. Cada pérdida arrancaba una parte de quien había sido.

Hay una escena inolvidable: para atravesar el territorio de las sirenas, Odiseo ordena que sus hombres se cubran los oídos con cera. Él, en cambio, pide que lo aten al mástil y les hace jurar que no lo desatarán, aunque les suplique de rodillas. Sobrevive y se convierte en el primer hombre capaz de escuchar el canto de las sirenas sin morir. Después describe aquello que escuchó con una de las frases más demoledoras jamás escritas: “Lo que más deseas es aquello que jamás podrás tener; y lo que jamás podrás tener es aquello que tenías y ya perdiste”. Pocas veces, “el paso del tiempo” ha sido descrito con tanta crueldad.

Las sirenas no cantaban sobre riquezas ni sobre poder, porque perderlos nunca te va a confrontar de una manera tan dolorosa. Cantaban sobre el tiempo perdido. Y duele, porque es exactamente lo que tuvo y ya no tiene. Los abrazos que nos dimos, los padres que envejecieron esperándonos, los hijos que crecieron mientras nosotros seguíamos navegando y los amigos para quienes siempre “la próxima semana” parecía suficiente. Su verdadera trampa consistía en recordarnos que existen pérdidas que ningún éxito, por grande que sea, podrá reparar.

Quizá esa sea la tragedia de nuestro tiempo: correr detrás de un éxito que siempre parece estar un poco más adelante, mientras vamos dejando atrás aquello que, al final, era lo único verdaderamente importante.

Cavafis escribió que nunca encontrarás a los lestrigones, ni a los cíclopes, ni al airado Poseidón si no los llevas dentro de tu alma. Tenía razón. Los monstruos más peligrosos no viven en el mar. Habitan en el ego que nunca se conforma, en la ambición que siempre exige un poco más y en esa absurda certeza de que todavía hay tiempo.

Tal vez Ítaca nunca fue una isla. Tal vez era la voz de mamá llamándonos a comer. La mesa donde siempre cabíamos todos. La mano que soltamos creyendo que podríamos volver a tomarla cuando quisiéramos.

Al final, Homero no escribió sobre el regreso de un hombre a su hogar. Escribió sobre el único viaje que realmente importa: el que nos devuelve a nosotros mismos. Porque un día todos dejamos una Ítaca creyendo que la felicidad vivía más lejos. Y casi siempre es el tiempo quien termina enseñándonos, con una crueldad silenciosa que, aquello que más buscábamos era precisamente aquello de lo que nunca debimos alejarnos.

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