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Columna

Roberto Gamboa Rentería

“Gracias, maestro, por aquel lunes a las 7 de la mañana, por ser la primera puerta que se abrió y por abrirla con tanta luz. Lo que sembró en aquella aula sigue dando frutos en sus discípulos...”.

Enrique Del Río González

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Todos llegamos a la universidad cargando más dudas que certezas y fue en medio de ese desconcierto, un lunes a las 7 de la mañana en el Aula ‘Abraham Lincoln’, del Claustro San Agustín, cuando supe que el hombre al frente me cambiaría la vida. Era el profesor Roberto Gamboa Rentería y aquella clase de Introducción al Derecho fue el inicio de un amor que, más de 30 años después, sigue intacto.

El profesor Gamboa no se limita a dictar su cátedra, él hace que nos enamoremos de ella con un verbo sutil, exquisito, claro, contundente y bello, un verbo que impacta, que atrae y que enamora. Si llegas sin saber por qué estás allí, sales convencido de que no hay oficio más hermoso, y si ya llegas queriendo la carrera, él multiplica ese cariño hasta convertirlo en vocación. Escucharlo es comprender que la palabra, cuando nace de la honradez, también es una forma de justicia.

Su rectitud es de esas que no necesitan anunciarse, porque se percibe desde el primer saludo y esa condición de persona intachable y de honor lo convirtió, para generaciones de estudiantes, en el primer rayo de luz de la universidad, en la voz que le dice al muchacho asustado que vale la pena quedarse y hacer las cosas bien. De él recibí ese rayo que nutre de esperanza y de cariño, que despierta el sentimiento de justicia y las ganas de salir adelante, de correr, de triunfar, de abrazar el éxito o, al menos, de no traicionar la decencia.

Nació en Quibdó el 10 de mayo de 1947, se graduó del Liceo de Bolívar en 1967 y de la Universidad de Cartagena en 1975, adonde volvió en 1978 como profesor y desde 1986 extendió su magisterio a otras universidades; fue decano de una Facultad de Derecho y su compromiso con la justicia lo llevó a ser procurador agrario, jefe de personal del Terminal Marítimo, personero delegado, conjuez de la sala disciplinaria y notario quinto.

Tiene especial querencia por el Aula ‘Abraham Lincoln’, donde hoy imparte todas sus clases, quizá por aquella frase del presidente que la honra: “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”.

La vida, generosa conmigo, quiso que años después fuéramos vecinos, así conocí de cerca al hombre detrás del maestro, esposo de María y padre de Roberto, Aida y Luis, grandes profesionales y amigos entrañables. Por eso quise escribir esta semblanza ahora, como homenaje a quien ha dado su vida y su alma a la formación de abogados, a quien entendió que enseñar no es transmitir conocimientos, sino despertar conciencias y cuya obra sigue viva en cada profesional que tuvo la fortuna de llamarlo maestro.

Gracias, maestro, por aquel lunes a las 7 de la mañana, por ser la primera puerta que se abrió y por abrirla con tanta luz. Lo que sembró en aquella aula sigue dando frutos en sus discípulos y mientras alguno de nosotros ejerza este oficio con amor, usted seguirá de pie, impartiendo clase y cambiando vidas.

*Abogado.

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