En Estados Unidos los tiroteos en escuelas y universidades han dejado una herida que aun no sana. Cada nuevo ataque revive el trauma de los anteriores y muestra un patrón inquietante: jóvenes emocionalmente inestables que descargan su crisis en la escuela contra compañeros y profesores. La violencia se vuelve un espejo roto donde se reflejan fallas familiares, escolares y del sistema de salud mental.
Columbine, en 1999, marcó la ruta de una era. Dos estudiantes aislados y resentidos caminaron por los pasillos de su escuela asesinando, como si cumplieran un guion. No hubo un diagnóstico, pero sí señales: soledad y frustración que nadie supo interpretar. Virginia Tech 2007, un universitario retraído, con antecedentes de atención psicológica interrumpida protagonizó el ataque más letal en un campus estadounidense, 33 víctimas letales y 29 heridos. Su caso mostró que la discontinuidad en la atención psiquiátrica puede ser tan peligrosa como la ausencia total de ella.
Sandy Hook, en 2012: víctimas mortales 20 niños y 6 adultos. Evidenció cómo un deterioro emocional profundo puede pasar inadvertido. Un joven, con ansiedad severa, aislamiento y dificultades del neuro-desarrollo, terminó convirtiendo su crisis en tragedia. La primera víctima mortal, su madre, había buscado ayuda, pero el sistema nunca articuló una ruta clara de intervención. Parkland, en 2018, expuso el peso de las señales ignoradas. El atacante, un exalumno expulsado, acumulaba reportes por conducta violenta y episodios de inestabilidad emocional, había recibido atención psicológica intermitente, pero sin continuidad.
Universidad de Brown 2025, el atacante dejó 2 personas fallecidas y 9 heridas, días después asesinó a un profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts y finalmente cometió suicidio. Universidad Estatal de Virginia, agosto 2026, con saldo de 5 personas heridas de gravedad, previamente el autor había publicado en Instagram su propósito.
Aunque la gran mayoría de personas con trastornos mentales no son violentas, estos casos comparten factores de riesgo: vulnerabilidad psicológica, aislamiento afectivo, bullying normalizado y crisis vitales sin acompañamiento. El impacto emocional se extiende más allá de las víctimas directas: estudiantes, docentes y familias quedan marcados por el miedo, ansiedad y estrés postraumático. Incluso las amenazas no concretadas generan daño.
En esta ciudad, la semana pasada circuló en redes una de estas amenazas para la Universidad de Cartagena. No hubo confirmación oficial, pero el rumor bastó para activar la alarma. Estudiando el perfil criminal del presunto autor, estoy casi seguro que el grupo al que dice pertenecer no existe, y que la venganza anunciada tuvo solo el propósito de aterrorizar; pero las tragedias estadounidenses enseñan que toda amenaza de este tipo debe tomarse en serio; y este incidente es suficiente para recordarnos que la salud mental descuidada puede terminar siendo un asunto de vida o muerte.
*Psiquiatra.

