In memoriam. Orlando Bustillo Arrieta ayer cumplió 30 años de haber partido de esta vida terrenal y permanece en el recuerdo de todos. Hablar de mi padre, quien vivió 64 años como si hubieran sido cien. Tenía el poder de la ubicuidad, hacer una columna de su hoja de vida no podría, mínimo un ensayo sobre su vida. Expresar cómo hizo para ser lo que fue y sigue siendo para su familia, amigos, pacientes y a todos aquellos a quien trató en vida es fácil, fue un buen hombre. Su liderazgo se basó en la generosidad. Nuestra sociedad vive una necesidad de seres de luz para el servicio al prójimo, con una alta dosis de darse. Eso era mi padre ¿cómo lo puedo saber? Porque tuve la fortuna que a mis 13 años él apenas tenía 40. Ya mis hermanas mayores se graduaban del colegio, a esa mi edad temprana uno observa y asimila todo. Hablaba de su vida escolar, sus vacaciones en su “viejo San Juan Nepo”, de sus tías y tíos, padres y hermanos, me lleva a pensar que siempre tuvo una raíz el afecto que le permitió crecer en el amor. Luego, en el bachillerato y con su par, mi tío Rafael, dejaron huellas en Cartagena, ciudad amada por ambos, travesuras de la juventud que luego heredamos nosotros. Formó una familia joven siendo un padre vigoroso y enérgico que, hasta donde pudo, estiró su corazón a todos. Mi madre, compañera de todas las horas, fue una sabiduría constante, ambos formaron un hogar y una familia que hasta hoy suena en nuestros corazones. La madre Teresa, popularizó la frase ‘Quien no nació para servir, no sirve para vivir’. Eso era Orlando en su trabajo, se entregó a la medicina y sus pacientes; enseñó a quien pudo en todos los momentos. Cuando culminaba sus estudios de pregrado nací yo, 1959, un año y medio después, recién nacido Javier, mi hermano, lió bártulos, con Muriel y cuatro hijos, una mano adelante y otra atrás se fue a Estados Unidos para estudiar su posgrado en Obstetricia y Ginecología, 7 años entre Virginia e Illinois. Así como dije hablar de él es fácil, lograrlo no lo fue tanto; tenacidad, fortaleza, sus luchas internas y la resiliencia en tiempos duros, con disciplina, esfuerzos y conquistas muestran al hombre que hoy necesitamos como ejemplo, para que estas generaciones actuales entiendan que el oro se forja en el fuego. Sin nombrar el infinito número de organizaciones, todas ellas ad hoc a las que sirvió, su entrega a los pacientes fue la característica principal junto al amor a sus hijos y nietos, estoy convencido que desde el cielo estará viéndonos para cuidar a su bisnietos. Cuando hablo de generosidad hablo de Orlando.
Una faceta poco conocida, que ha marcado mucho en mi vida y me enseñó el más grande de sus ejemplos, fue cómo abrazó la enfermedad, no reclamó a Dios nada: antes de comenzar su día paraba en la iglesia y al volver a su casa nuevamente entraba en el templo y llegar a su hogar junto a Muriel. Orlando, un líder único y verdadero. Tres décadas, un legado y una luz.
