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Columna

La tormenta perfecta

“No se trata de pedir que se intervenga artificialmente la tasa de cambio. Se trata de analizar cómo proteger la competitividad de una actividad exportadora que genera divisas...”.

Rodrigo Maldonado

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El turismo colombiano comienza a enfrentar una combinación de factores que merece atención. Hoteles, operadores receptivos, agencias, transportadores, restaurantes y prestadores de experiencias tienen algo en común: buena parte de sus ingresos del turismo internacional se negocia en dólares, mientras prácticamente toda su estructura de costos se paga en pesos. Y allí comienza la tormenta.

Solo este año el salario mínimo aumentó 23%. Al mismo tiempo, el dólar, que durante 2025 promedió cerca de $4.053, ha llegado a niveles próximos a $3.100. En términos simples, representa una disminución cercana al 23% en los pesos recibidos por cada dólar vendido.

No se trata de afirmar que todos los costos empresariales hayan aumentado en esa misma proporción. Se trata de entender la magnitud de una realidad: mientras los costos internos crecen, los mismos dólares generan cada vez menos pesos.

Para el turismo receptivo esta situación es particularmente compleja, porque muchas tarifas internacionales se negocian con seis, doce y hasta dieciocho meses de anticipación. El empresario compromete hoy un precio en dólares sin saber cuál será la tasa de cambio cuando finalmente preste el servicio, mientras nómina, proveedores y demás costos seguirán ajustándose en pesos.

Y tampoco podemos asegurar que el dólar haya encontrado su piso.

A ello se suma el impacto del reciente terremoto en regiones como el Eje Cafetero, donde turismo y actividad cafetera sostienen miles de empleos. Reconstruir infraestructura será fundamental, pero igualmente importante será recuperar visitantes, empresas e ingresos.

Existe, además, otra realidad: Colombia compite internacionalmente. No necesariamente por los mismos atractivos, pero sí por el presupuesto del viajero. Subir indefinidamente las tarifas para compensar la revaluación puede hacernos menos competitivos frente a otros destinos. Reducir permanentemente los márgenes tampoco es sostenible.

Por eso debemos comenzar a mirar más allá del número de visitantes y de las divisas que ingresan al país. La pregunta también debería ser: ¿cuánto de esas divisas termina convirtiéndose realmente en rentabilidad, inversión y empleo en Colombia?

Precisamente este jueves y viernes Barranquilla recibirá el 30º Congreso Nacional de Agencias de Viajes y Turismo, organizado por Anato, la Asociación Colombiana de Agencias de Viajes y Turismo, uno de los principales espacios de encuentro y análisis de nuestra industria.

Difícilmente podría existir un mejor escenario para que empresarios, Anato y Gobierno pongan esta realidad sobre la mesa.

No se trata de pedir que se intervenga artificialmente la tasa de cambio. Se trata de analizar cómo proteger la competitividad de una actividad exportadora que genera divisas, distribuye ingresos en numerosas regiones y sostiene miles de empleos.

Costos crecientes, revaluación, incertidumbre cambiaria, reconstrucción y competencia internacional están coincidiendo sobre el sector.

Una verdadera tormenta perfecta que debemos analizar antes de que termine afectando aquello que durante tantos años hemos trabajado por construir.

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