Columna

Negarse a sí mismo

“La finalidad no es el sufrimiento, sino el amor; no es la anulación de la persona, sino su transformación; no es quedarse en el Calvario, sino atravesarlo con Cristo para llegar a la Resurrección”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

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Quiero proponerles que meditemos las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy*: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.

Es una frase central en su enseñanza, pero no siempre resulta fácil comprenderla y aceptarla. Jesús la pronunció en un momento decisivo, cuando anunció que iría a Jerusalén, donde padecería, moriría y resucitaría. Pedro quiso apartarlo de ese camino y Él le respondió: “Ponte detrás de mí, Satanás, porque tú no piensas según Dios, sino según los hombres”.

Negarse a sí mismo no significa despreciarse, anular la personalidad ni rechazar los talentos recibidos. Significa dejar de colocar el propio yo por encima de Dios y de los demás. Naturalmente deseamos salud, prosperidad, éxito y caminos sin tropiezos. Sin embargo, la vida también trae dificultades, esfuerzos, renuncias y dolores que podemos afrontar con la mirada puesta en el Bien mayor.

Crecer en virtudes exige decir no a cuanto no nos conviene. Y, si aspiramos a la santidad, necesitamos aprender a acoger la voluntad de Dios como el camino más seguro para nuestra verdadera felicidad.

Para San Agustín, negarse a sí mismo no equivale a rechazar la obra de Dios, sino a renunciar al hombre viejo dominado por el egoísmo, para recibir una vida nueva en Cristo. San Ignacio de Loyola nos invita a vivir con libertad interior, sin quedar esclavizados por el éxito, la riqueza o el reconocimiento, y a elegir aquello que más nos ayude a amar y servir.

San Josemaría Escrivá enseñó a encontrar la cruz en la vida ordinaria: en el trabajo bien realizado, la paciencia, el cumplimiento del deber, el servicio a la familia y las pequeñas renuncias hechas por amor. Santa Teresa de Calcuta la abrazó sirviendo día tras día a quienes sufrían, porque reconocía en ellos el rostro de Cristo.

La cruz no es cualquier incomodidad ni significa buscar deliberadamente el sufrimiento. Jesús no nos pide amar el dolor por sí mismo, sino amar como Él, incluso cuando amar exige sacrificio. Tomar la cruz es aceptar con fe las dificultades inevitables, cumplir nuestros deberes aunque cuesten, permanecer fieles a la verdad, perdonar, renunciar a lo que no nos hace bien y entregar tiempo, comodidad y capacidades al servicio de los demás.

La finalidad no es el sufrimiento, sino el amor; no es la anulación de la persona, sino su transformación; no es quedarse en el Calvario, sino atravesarlo con Cristo para llegar a la Resurrección. Seguir a Jesús es entrar en la lógica de su entrega y aprender a amar hasta el extremo.

San Pablo nos invita a renovar la mente, para que sepamos discernir lo que es bueno, lo que le agrada a Dios, lo perfecto. Elegir a Dios y su Santa Voluntad siempre es lo mejor.

**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.

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