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Columna

La Costa Caribe: el potencial no basta

“Las brechas en el aprendizaje y las competencias laborales limitan la productividad y la capacidad de atraer actividades de mayor valor agregado”.

Jaime Bonet

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En días pasados, Silverio Gómez escribió una columna en donde sostiene que la Costa Caribe tiene todo para ser la región más rica de Colombia y que sus rezagos obedecen principalmente a las decisiones de sus dirigentes políticos y empresariales. Aunque comparto su preocupación por la pobreza, la informalidad y la baja productividad de la región, discrepo de esa premisa.

La Costa tiene importantes ventajas, pero no “todo”. Por ejemplo, existe la creencia de que la región dispone de enormes extensiones de tierras fértiles; sin embargo, hay estudios que muestran que amplias zonas del Caribe continental están afectadas por altas temperaturas, déficit de lluvias y baja humedad del suelo, condiciones que limitan la agricultura comercial en una parte considerable del territorio. La geografía regional no es solamente una ventaja; también impone restricciones productivas.

Si existe una vocación natural de la Costa Caribe es el comercio exterior. Sus puertos, su ubicación estratégica y su cercanía a los mercados internacionales deberían convertirla en una de las regiones más dinámicas del país; sin embargo, Colombia sigue siendo una economía relativamente cerrada.

Evidencia reciente muestra que la apertura de los años 90 redujo los aranceles, pero fue acompañada por una expansión de las medidas no arancelarias. Como resultado, la protección total que enfrentan muchos sectores continúa siendo elevada y, en varios casos, comparable con la observada antes de la apertura. Colombia mantiene una baja inserción al comercio internacional y una participación limitada en las cadenas globales de valor.

No podemos olvidar el capital humano regional. La cobertura educativa ha mejorado de manera importante, pero la calidad sigue siendo insuficiente. Las brechas en el aprendizaje y las competencias laborales limitan la productividad y la capacidad de atraer actividades de mayor valor agregado. Las regiones más prósperas del mundo no se distinguen por tener mejores recursos naturales, sino por contar con mejor capital humano.

Por supuesto, la Costa tiene responsabilidades propias. Sería absurdo desconocer los efectos de la corrupción, el clientelismo y las fallas de gestión pública; pero tampoco es serio afirmar que la región tiene “todo” para ser la más rica de Colombia y limitar el atraso a un liderazgo regional deficiente.

La realidad es más compleja. El Caribe enfrenta restricciones geográficas, opera dentro de una economía que sigue siendo una de las más protegidas de América Latina y mantiene rezagos importantes en la calidad de su capital humano. El desafío no consiste únicamente en mejorar el liderazgo regional. También exige replantear un modelo nacional que, durante décadas, ha desaprovechado las ventajas de la región colombiana con mayor vocación al comercio exterior.

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