Toma 4 rollos de tomate, córtales transversalmente, retira las semillas, hiérvelos y pásalos por un colador. Déjalos a fuego lento para que reduzca la salsa y añade un tercio de manteca de cerdo y ajo. Una vez la salsa haya espesado, hierve dos rollos de fideos dejándolos firmes o ‘verdes’, escúrrelos bien y añádelos a la salsa con sal y pimienta. Mantenlos cerca del fuego y haz ‘bailar la cacerola’ para que sequen un poco y sírvelos. Este es un resumen de la deliciosa receta de los ‘Vermicelli con le pommodore’, de Ippolito Cavalcanti en su hermoso tratado gastronómico ‘Cocina teórico-práctica’.
Publicado hace casi 200 años, la receta es el primer registro de esa famosa mixtura de pasta y salsa de tomate. Hay épocas en que la historia se entiende mejor en los fogones. Cavalcanti oyó al pueblo y sus cocinas, registró la cultura culinaria regional dándole estrato cultural a la comida cotidiana y así unió una nación diversa y dispersa.
Al igual que esa Italia, Colombia hoy parece un archipiélago de islas dispersas. Hemos confundido unidad con uniformidad y diferencia con enemistad. La cocina enseña todo lo contrario. Ningún cocinero le exige al tomate que se convierta en ajo ni al aceite que deje de serlo para convertirse en pasta. El secreto es que cada uno conserve su esencia mientras se integra en algo superior. Y ese es nuestro drama, pretender cocinar una nación eliminando algunos ingredientes. Cada extremo político está convencido de que Colombia solo podrá ser un plato perfecto cuando desaparezcan de la cazuela quienes piensan diferente. Y nos desgastamos inútilmente decidiendo quién debe sentarse a manteles en vez de preguntarnos qué receta de país queremos servir.

No repitamos lo de Mocoa
Jhorland Ayala García Jhorland Ayala GarcíaNo nacimos de la pureza, sino de la mezcla. Y cada ingrediente debe estar incluido en la cazuela. Colombia, como receta, estará inconclusa mientras la mitad de los ingredientes se dejen fuera. La política, como la cocina, debe ser capaz de reunir diferencias sin borrarlas. No tenemos por qué pensar igual, necesitamos una receta común para platos obligatorios: educación, salud, seguridad, institucionalidad, protección a la niñez y justicia para todos. Una receta no puede cambiar cada cuatro años.
Si cada cocinero bota a la basura todo lo cocido, jamás habrá almuerzo en la mesa. Al contrario, nuestra receta requiere memoria histórica, proporciones y tiempo de cocción. Y peor aún, si seguimos agregando al caldero hirviente ingredientes como la corrosiva polarización, el rancio resentimiento y la amarga intolerancia tendremos que aprender, como decía Cavalcanti... “Y después verás lo que comes”. Porque en la cocina como en vida cada uno se termina comiendo aquello que decidió cocinar.
*Profesor Universidad de Cartagena.
