Gloria Mark, investigadora de la Universidad de California, siguió con cronómetro —segundo a segundo— la jornada real de trabajadores de oficina y descubrió que 11 minutos es el tiempo promedio que una persona sostiene la atención en una sola cosa antes de saltar a otra. 11 minutos para leer un correo, revisar un análisis, tener una conversación con un hijo, ver una película.
Cuando leí ese dato por primera vez no sentí alarma. Sentí alivio. Me dije: no me estoy enloqueciendo. Todos esos días intentando ser la mujer multitasking, sintiéndome incapaz de concentrarme y terminar lo que empezaba —no era un defecto mío; estaba respondiendo exactamente como el entorno me lo estaba pidiendo.
Pero el alivio dura poco. El mismo estudio encontró que 57% de esos bloques terminan interrumpidos, y buena parte de esas interrupciones son propias. Creo que esto explica buena parte del agotamiento que sentimos antes de que el día termine.

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Wilson RuizEl estudio de Mark va más lejos. Cuando empezó a medir la atención nuestra usando el celular, en 2004, durábamos en promedio dos minutos y medio antes de saltar a otra cosa, en 2020 tan solo 47 segundos. Menos de un minuto.
Y no es casualidad: el celular no es un objeto neutro que dejamos sobre la mesa. Es una máquina diseñada para interrumpirnos. Cada notificación, cada alerta, cada “solo reviso una cosa y ya” está construido para partirnos cada vez más esos 11 minutos de atención.
La atención es el activo más escaso que tenemos. Nos preocupamos por cuidar el dinero, la salud, la familia —y está bien—. Pero no existe una buena decisión, un análisis profundo, una lectura, ni presencia real con un hijo que quepa en 11 minutos. Hay que defender ese bloque de 11 minutos.
No se trata de rendir más. Se trata de recuperar el control sobre algo que cedimos sin darnos cuenta. Celular boca abajo mientras trabajo, en otra habitación mientras duermo. Sin él en la mesa mientras cenamos. En silencio en reuniones.
Hace poco mi hija quería ver la serie Friends en maratón y le conté que yo me la vi durante diez años, un capítulo semanal. No alcanzó a dimensionar esa espera. No como una crítica a ella: es simplemente el mundo que le tocó. Un mundo donde todo llega ya. Los shorts y TikTok repiten el mismo patrón: menos tiempo por unidad de atención, más estímulos. Todo esta diseñado para que los 11 minutos cada vez se reduzcan.
El día seguirá siendo fragmentado; así es el mundo que habitamos. Pero hay una diferencia enorme entre un día que se rompe solo y uno que tú decides no entregar entero.
11 minutos no son una condena. Son un punto de partida. La pregunta es quién está diseñando tu atención: ¿tú o tu teléfono?
