Las recientes declaraciones de la excongresista y sufrida candidata presidencial Paloma Valencia —a quien genuinamente le aposté— revelan una aparente crisis política, ideológica y ética al interior del Centro Democrático. Sin embargo, más que ante una crisis, nos encontramos ante una confesión incómoda.
Quienes conocemos la historia política colombiana comprendemos que el uribismo jamás ha sido conservador, ni mucho menos pertenece al espectro de esa “ultraderecha” que repiten hasta el hartazgo los activistas petristas, más ocupados en el activismo de trinchera que en el rigor conceptual.
Basta con mirar los orígenes del movimiento. Su principal corriente es el uribismo: la doctrina del expresidente Álvaro Uribe Vélez, una figura histórica que ya cumplió su ciclo y que, pese a sus enormes servicios a la patria y a las polémicas que lo acompañan, debió optar por el silencio del retiro en lugar de disputar el liderazgo de una derecha que hoy encuentra nuevos cauces bajo la presidencia de Abelardo De la Espriella.

Autonomía fiscal para las regiones, una deuda histórica
Wilson RuizDurante mucho tiempo se encasilló erróneamente al Partido Conservador dentro del bloque uribista. Si bien comparten una agenda común de defensa institucional, el conservadurismo responde a una matriz doctrinaria completamente distinta. En Colombia conviven la derecha, la izquierda, el centro y el verdadero conservatismo, corrientes que escapan a la simplificación de la fractura ideológica nacida en la Revolución Francesa, cuando los girondinos se sentaban a la diestra de la Asamblea y los jacobinos —antepasados espirituales de los incendiarios del Pacto Histórico— lo hacían a su siniestra.
Volviendo al origen del uribismo, conviene recordar de dónde abreva intelectual y políticamente su líder. Uribe transitó por la izquierda democrática de Carlos Gaviria Díaz —hombre cultísimo y pilar del Polo Democrático—, sostuvo un romance político con Clara López Obregón (sobrina nieta de Alfonso López Pumarejo), militó en el Partido Liberal y fue ahijado político de Alfonso López Michelsen, para después serlo de Julio César Turbay Ayala (origen por el cual no debería sorprender que los herederos de esta tradición confluyeran en el uribismo).
No olvidemos que fue ponente de la ley de amnistía para el M-19 en 1992, un hito que, ironías de la historia, pavimentó el camino para que la izquierda armada llegara al poder años después, dotando además a la política nacional de figuras camaleónicas como Carlos Alonso Lucio. Uribe llegó a la Casa de Nariño de la mano de los Santos, la dinastía mediática más influyente del fin de siglo, antes de protagonizar su célebre ruptura con el “Tahúr”.
Hoy, cuando el Centro Democrático intenta sacudirse las etiquetas y afirma que nunca ha sido de derecha, simplemente están verbalizando una verdad de a puño: el uribismo siempre ha sido una prolongación modernizada del modelo turbayista y de su Estatuto de Seguridad, rebautizado en el siglo XXI como Seguridad Democrática. Es decir, pie de fuerza contundente para recuperar el control del Estado, aplicando una férrea autoridad que desafía los límites del establecimiento tradicional.
