En Sajonia-Anhalt, un estado federado de 2,12 millones de habitantes que representa apenas el 2,5 por ciento de la población alemana, Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo una victoria abrumadora: 43,8 por ciento de los votos, tantos como los democristianos, los socialdemócratas, los verdes y la izquierda juntos. La Oficina para la Protección de la Constitución, el servicio de inteligencia interior alemán, clasifica a la filial regional del partido como una organización de extrema derecha comprobada desde 2023.
El eco internacional fue enorme. Donald Trump celebró en Truth Social la gran noche de los populistas en Alemania, atribuyó el resultado al hartazgo con las políticas migratorias y añadió, parodiando su propio lema de campaña, las letras MGGA, Make Germany Great Again. En Polonia, el primer ministro Donald Tusk escribió que solo los idiotas o los traidores podían alegrarse de ese triunfo, y su canciller Radosław Sikorski habló de una señal inquietante. Josef Schuster, presidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, declaró que estaba personalmente horrorizado.
¿Está volviendo a moverse en Alemania el monstruo del fascismo hitleriano, responsable del Holocausto con seis millones de judíos asesinados y de una guerra mundial que dejó entre 60 y 80 millones de muertos?
No. Y precisamente por eso el resultado de Sajonia-Anhalt debe tomarse en serio.
Heinrich August Winkler, el más importante historiador alemán de la República de Weimar, y Götz Aly, uno de los principales investigadores del nazismo, consideran que la analogía con 1932 y 1933 no sirve para entender la situación actual. La AfD es en parte antidemocrática, nacionalista y reaccionaria, con una fuerte ala etnonacionalista y racista. Quiere eliminar el euro, salir de hecho de la Unión Europea, niega el cambio climático, venera a Trump y admira a Putin. Pero, a diferencia de Hitler, no es un partido belicista.
La Alemania de 1932 era otra. Tras la crisis económica mundial, uno de cada cuatro alemanes en edad de trabajar estaba desempleado, las milicias políticas dominaban las calles y un régimen presidencial gobernaba sin mayoría parlamentaria. Una élite conservadora abrió finalmente el camino a Hitler. Nada de eso existe hoy. Como advierte Winkler, el uso inflacionario de la palabra fascismo banaliza el fascismo histórico y produce además la cómoda ilusión de estar del lado de los buenos.
La AfD es peligrosa de todos modos. Solo que su fuerza no se explica porque Alemania esté repitiendo 1933. Para entender por qué casi uno de cada dos votantes de Sajonia-Anhalt la eligió hay que mirar las tres décadas y media transcurridas desde la reunificación.
La reunificación como experiencia de pérdida
Sajonia-Anhalt pertenece a los llamados nuevos estados federados, los territorios que hasta 1990 formaban parte de la República Democrática Alemana.
Después de la reunificación, la economía de la RDA fue liquidada por una agencia estatal de privatización. La Treuhandanstalt se hizo cargo de 8.500 empresas con 4,1 millones de empleados. A finales de 1994 quedaban 1,5 millones. Dos tercios de los trabajadores industriales del este habían perdido su empleo.
Colombia conoce algo parecido por la apertura económica de 1990: sectores industriales enteros desaparecieron en pocos años tras decisiones tomadas lejos de quienes sufrían sus consecuencias. Pero en Alemania oriental hubo algo más: una experiencia de humillación. No solo se perdió el trabajo; también se devaluó la vida anterior. Biografías laborales enteras quedaron de un día para otro asociadas a una dictadura.
Los cargos directivos fueron ocupados por alemanes occidentales y así siguen: en las máximas autoridades federales apenas el ocho por ciento de los directivos nació en el este, y en las juntas directivas de las grandes empresas cotizadas, el dos por ciento. Al mismo tiempo, Sajonia-Anhalt perdió desde 1990 casi 700.000 habitantes. Se fueron sobre todo los más móviles y, en proporción, muchas mujeres. Quedó una población envejecida, con consultorios, comercios y servicios públicos que desaparecieron.
Steffen Mau, sociólogo de la Universidad Humboldt de Berlín, concluye que la equiparación del este ya no es un escenario realista: no se trata de un atraso que se irá corrigiendo, sino de una estructura propia. El historiador Ilko-Sascha Kowalczuk objeta que esa lectura alimenta un papel de víctima del que viven la AfD y la Alianza Sahra Wagenknecht.
La experiencia se transmite incluso a quienes nunca vivieron la RDA. La AfD es particularmente fuerte entre los menores de treinta años: la memoria de la reunificación también se transmite dentro de las familias.
Un Estado que ya no funciona como antes
Pero el problema no es solamente oriental.
Los alemanes estaban acostumbrados a un país que funcionaba: formación profesional de excelencia, industria automotriz y química competitiva, empresas medianas líderes mundiales, trenes puntuales.
Después de dieciséis años de Angela Merkel, tan admirados en el exterior, el panorama es diferente. Los puentes se deterioran, los trenes llegan tarde, la digitalización de la administración está atrasada, la energía barata de Rusia desapareció y el Ejército alemán es una sombra de lo que fue. La industria automotriz se durmió con el cambio al motor eléctrico y hoy tiene que aprender de China en lugar de enseñarle. Y hasta la selección de fútbol, cuatro veces campeona del mundo, ya no logra nada.
Con ello desaparece una legitimidad que durante décadas nadie necesitó nombrar. El politólogo Fritz Scharpf distingue entre la legitimidad que procede de la voluntad popular y la que procede de los resultados que un Estado entrega a sus ciudadanos. La República Federal vivió durante décadas sobre todo de la segunda. La primera nunca se desarrolló con mecanismos de democracia directa.
La migración como recipiente
En 2015 el gobierno de Merkel mantuvo abiertas las fronteras para los refugiados. En 2016 se registraron 745.545 solicitudes de asilo, la cifra más alta de la historia alemana.
La decisión fue presentada como una obviedad humanitaria, pero no se explicó suficientemente como lo que también era: una decisión política. No se habló con claridad de costos, duración ni límites de la capacidad de acogida. Esa grieta fue ocupada por la AfD, hasta entonces un partido pequeño y principalmente eurocrítico.
El desbordamiento fue real, sobre todo en los municipios: vivienda insuficiente, colegios sin personal suficientemente formado, oficinas públicas sin procedimientos de integración que funcionaran, y delitos aislados cuyo efecto público fue enorme. Muchos quedaron con la impresión de que Berlín no se ocupaba lo suficiente y de que ni siquiera entendía los problemas de abajo.
Desde entonces la situación ha cambiado. Las solicitudes de asilo cayeron de 351.915 en 2023 a 168.543 el año pasado, y el gobierno de Friedrich Merz endureció la política migratoria.
Pero la AfD obtuvo el 43,8 por ciento en Sajonia-Anhalt. Allí apenas el diez por ciento de la población tiene origen migrante, muy por debajo del promedio alemán.
La paradoja es reveladora: el rechazo a la inmigración es particularmente fuerte allí donde hay menos inmigración. La migración se ha convertido en el recipiente en el que se vierten otras experiencias de pérdida.
Reformas y pérdida de confianza
A ello se sumó el peor momento político posible. La coalición de democristianos y socialdemócratas endureció las sanciones del subsidio básico y anunció ahorros de 16.300 millones de euros en el sistema de salud. Al mismo tiempo, el Estado creó un fondo especial de 500.000 millones de euros para infraestructura y defensa.
Las reformas pueden ser necesarias. Pero la imagen política era devastadora: recortes abajo, miles de millones arriba, pocas semanas antes de las elecciones.
Todo ello desemboca en una cifra: el 83 por ciento de los encuestados considera que quienes están arriba no se preocupan por los problemas de la gente común. Por primera vez, todos los grandes partidos reciben una valoración negativa, tanto los que gobiernan como los que están en la oposición.
Esto ya no es específicamente oriental ni alemán. Ya no se le cree a la política que pueda resolver los problemas, y tampoco se le cree que lo esté intentando.
Una buena campaña
Ulrich Siegmund, candidato de la AfD, tiene 35 años y es diputado regional desde 2016. Se hizo conocido durante la pandemia con videos contra los tapabocas y la obligación de vacunarse. En TikTok tiene 800.000 seguidores.
Desde comienzos de año la AfD recorrió pueblos y pequeñas ciudades con sus llamados «diálogos ciudadanos»: una campaña prolongada en la que los electores podían acercarse directamente al candidato.
La lingüista Ruth Wodak, de la Universidad de Lancaster, ha descrito este mecanismo: no se trata tanto de ofrecer soluciones políticas como de producir pertenencia y señalar quién pertenece y quién no. Antes, esa tarea estaba mediada por partidos, iglesias, sindicatos y redacciones. Hoy puede hacerlo un político con un teléfono móvil y un equipo de cámara.
También en Colombia conocemos el método.
Alemania ya no es una excepción
La AfD tampoco es un fenómeno exclusivamente alemán. Giorgia Meloni gobierna en Italia, el Partido de la Libertad fue la fuerza más votada en Austria, la Agrupación Nacional es la mayor bancada de la Asamblea Nacional francesa, Reform de Nigel Farage crece en el Reino Unido y Donald Trump está en la Casa Blanca.
La tendencia, sin embargo, no es irreversible. En Polonia, Ley y Justicia perdió el poder en 2023; en los Países Bajos, Geert Wilders fue castigado electoralmente en 2025; y en Hungría Viktor Orbán fue derrotado este año después de dieciséis años en el poder.
El politólogo neerlandés Cas Mudde habla de una «normalidad patológica»: estos partidos no serían cuerpos extraños en las sociedades occidentales, sino expresiones radicales de preocupaciones que también existen en el centro político. Para Mudde, la diferencia está muchas veces en el grado y no en la pregunta política de fondo, y por eso la exclusión no basta para acabar con ellos.
Alemania pasaba por inmune a esa normalización de la derecha radical, precisamente por la seriedad con que había trabajado su propio pasado.
El 6 de septiembre esa excepción terminó.
La República Federal se ha convertido políticamente en un país europeo como cualquier otro.

