Novak Djokovic es el villano de una historia mal contada. Los números y las estadísticas lo ubican como la excepción, un ser irrepetible, pero el tenista es terco y se aferra a la necesidad de exponer su condición humana y la agudeza de su vulnerabilidad. No es idílico. No es perfecto. No es la excepción. Está construido de paradojas, dudas, retos y sacrificios. Es la personificación de la palabra “inat”.
El tenista más laureado de la historia es atípico y disruptivo. Rompió el arquetipo del tenista prolijo e intachable; fragmentó el romance modélico entre la afición y la rivalidad de Roger Federer y Rafael Nadal. Todo tenía un balance. Todo estaba perfecto. A mediados de los 2000, el tenis tenía claro cómo se verían sus próximas dos décadas doradas. Habían elegido la elegancia, la clase y el carisma del suizo, y la fuerza, la tenacidad y la intensidad del español. Sería una época memorable, y sí que lo fue, pero a la mesa se sentaron tres.
El tenis estaba destinado al poder, a las élites y al dinero. “Hay que ser elegante y sofisticado para jugar y necesitas ser elegido y Novak no había sido elegido”, comentó Jelena Djokovic, esposa del tenista y madre de sus dos hijos.
La hegemonía no puede ser derrocada. El orden debe prevalecer. La pasión solo es aceptable al ganar y las emociones deben ser controladas; no puedes perder los estribos. Debes pensar en ganar y en ser el primero; no lo demuestres tanto, pero demuéstralo siempre. El tenis está pensado desde la lucha interna entre vivir y ser, entre disfrutar y perseguir. Perder no es una opción, pero siempre habrá un derrotado.
Mientras Federer y Nadal disfrutaban de su rivalidad y deslumbraban al mundo con la ilusión de que el tenis había sido personificado en ellos, un serbio, delgado, de pelo negro y con la personalidad de un volcán, escudriñaba los caminos que lo llevarían al nivel máximo de competencia. Debutó a los 16 años. Era él: un niño en su santuario. Un niño que creció durante las Guerras de Yugoslavia, en medio de bombardeos a civiles, y se formó desde la observación. Observó el trabajo arduo de sus padres y el sacrificio que hicieron para que él accediera a todas las demandas que el tenis hizo. El sacrificio de sus hermanos que, pudiendo tenerlo todo, aceptaron la austeridad.
Aquel hombre nunca perdió la esencia de su niño interior y, cada vez que pisaba una cancha, este afloraba. Es capaz de llorar fervientemente, como lo hizo cuando perdió su primer partido. Con una voluntad de hierro, es capaz de reconocer su rumbo, su ritmo y su rigor. Tuvo que perder, memorablemente, ante Federer y Nadal para tomar las riendas de su camino, corregir y ser extraordinario. Es uno de los mejores jugadores defensivos de la historia, capaz de construir una pared y esperar que el rival se autodestruya tratando de penetrarla. Dando vida a la mítica leyenda del tenis: “Novak primero te quita las piernas y luego te quita el alma”.

Al mismo tiempo, es la representación de la fragilidad; no reprime sus emociones. Cuando pierde, se cuestiona; cuando gana, también se cuestiona. Ya ha alcanzado todo, ¿qué más quiere? No se trata de lo que puede obtener, sino de lo que es a través del tenis; es lo que domina su corazón. Es demostrarle al mundo que sí se puede vivir en medio del odio y del rechazo. Por eso es la personificación de inat: una palabra serbia usada para demostrarle a todos los que están en tu contra que están equivocados, pero aludiendo a una tozudez pura. Cuando el estadio lo abuchea, en Novak se despierta una emoción implacable. Es resistente al dolor; cuanto más se complica el partido, más te demuestra que nació para jugar.
Novak Djokovic: competir después de ganarlo todo
Hay millones de Novak en el mundo. Hay más personas con la necesidad de conectar no solo con su niño interior, sino con todo aquel que está a su alrededor; que espera ser elegido y no lo es; es el renegado, el segregado, el villano de miles de historias mal contadas. El que lucha por no cambiar su esencia por encajar, el que ha obtenido todo y aun así el mundo le pide más. Es el alma que navega entre la suficiencia y el orgullo.
Con una voluntad de hierro, es capaz de reconocer su rumbo, su ritmo y su rigor. Tuvo que perder, memorablemente, ante Federer y Nadal para tomar las riendas de su camino, corregir y ser extraordinario".
En la vida profesional, los encuentras. No son los obsesivos ni los perfeccionistas o quienes trabajan compulsivamente por horas. Son quienes establecen estándares, se preparan, buscan mejorar y tienen una enorme capacidad de concentración y disciplina. Melisa Forero Valest, psicóloga, orientadora profesional y docente, establece que son aquellas personas que saben relacionarse con el resultado. El éxito les produce satisfacción, pero el día siempre vuelve a empezar y aprender es parte de un proceso constante. Son capaces de reconocer que la victoria no los define.
“Una persona puede perder, frustrarse, analizar qué sucedió y continuar. De acuerdo con Viktor Frankl, el ser humano no puede reducirse a sus circunstancias ni a sus resultados; existe una libertad interior para elegir la actitud frente a aquello que nos sucede. En ese sentido, el verdadero “Djokovic” profesional no se define por cuánto gana, sino por lo que hace psicológicamente con lo que gana y con lo que pierde”.
Por años, el éxito de Novak estuvo eclipsado por su disciplina, más que por su talento, y estas dos cosas no se pueden desvincular: terminan siendo parte de nuestra construcción humana. Se le atribuyó por años que el sufrimiento le gustaba, que lo hacía sentir vivo, pero el serbio nos revela que no, que simplemente aprendió a ser a través del deporte. Por eso, su trabajo no fue el resultado del perfeccionismo, sino “la búsqueda de calidad. El perfeccionismo parte muchas veces de una expectativa imposible: que podemos controlar todos los detalles, evitar todos los errores y conseguir que el resultado sea exactamente como lo imaginamos. Y eso no existe”, asegura Forero.

Que rompe raquetas, sí. Que es muy emocional, sí. La mayoría de las personas lo son en ambientes competitivos y laborales. Pero hay algo de Novak que muchos no quieren ver: la madurez que ha tenido en la cancha, donde se crió, porque aprendió a “distinguir lo esencial de lo accesorio, a aprender de los errores y aceptar que no todo merece el mismo nivel de esfuerzo son formas de convertir la exigencia en calidad. Perseverar no significa insistir indefinidamente. La verdadera fortaleza también está en saber ajustar, soltar y parar. Porque mientras el perfeccionismo pregunta “¿qué más puedo corregir?”, una perseverancia saludable pregunta “¿qué vale la pena seguir construyendo?”.
No retiren a Novak Djokovic, que su vida siga siendo la construcción del tenis.

